viernes, 4 de octubre de 2013
Encuentro de Octubre
La corbata
El payaso Lalo trabajaba en la peatonal Florida.
Aunque hacía reír con sus piruetas y sus animales de
globo siempre había nostalgia representada por la lágrima negra debajo del ojo derecho,
en su rostro maquillado de blanco. Además contaba chistes pero no sonreía
nunca. A mí no me gustaba esa contradicción de emociones.
Se vestía casi
como un arco iris, la manera de combinar colores no la envidiarían los
diseñadores ni los pintores: llevaba sobre el pelo amarillo un gorro verde, me
usaba a mí que soy azul y naranja (sí, yo soy hermosa, me considero digna de un
modelo de Cartier en vez de un ridículo payaso), un gran pantalón verde y rojo,
saco azul brillante con lunas blancas, camisa celeste y zapatones naranjas. Comparándolo
con algunos modelos que solían ser delgados y vestidos con ropa oscura, no
tenía elegancia.
Una y otra vez pensaba en ahorcarlo con mi nudo azul y
naranja.
Un día no
aguanté más: la tarde en que decidí hacerlo realmente era muy calurosa. Lalo
trató de aflojarse el nudo, pero me apreté más fuerte alrededor de la garganta.
No le permití hablar ¡Cómo gesticulaba!
Sentí un gran alivio cuando unas manos me desataron
alejándome de él. Me dejaron en el suelo. Vi que le hacían respiración boca a
boca.
Me patearon los enfermeros de la ambulancia. De pronto
una corriente de aire me levantó, volé entre los edificios y llegué a las ramas
de un árbol de una plaza. ¡Estaba libre
al fin!
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