viernes, 1 de noviembre de 2013

Encuentro de noviembre


  Las ciudades fluviales

Estaba caminando por el bosque hacia el río; había árboles de hojas naranjas llenos de pájaros cantando. Amanecía. El cielo estaba rojo. Noté que quedaban pocos árboles de hojas verdes. La tierra del planeta, en su mayor parte, era roja oscura.

Tenía puesto el traje impermeable para sumergirme, observé alrededor, me coloqué sobre la cara la mascarilla conectada al tubo respirador; entonces me dirigí al medio del río. Floté y nadé bajo el agua fría sin templar aun por el calor primaveral.

El aire en el tubo me duraría cuatro horas, era bastante: me alcanzaba para intercambiar los alimentos que llevaba por los exquisitos peces, los cuales nos abastecerían durante tres semanas. Lo que guardé en mi mochila eran dos kilos de lechuga y tres kilos de zanahoria de la ciudad terrestre para hacer el trueque por los atunes, salmones y los peces que el río tuviera ahora.

Desde hacia cien años los humanos vivíamos cerca de los ríos profundos sobre la superficie terrestre y también debajo del agua. Algunos seres humanos y otros animales habían involucionado hasta recuperar la capacidad de respirar bajos el agua, o sea del lugar que surgimos y el oxígeno fue veneno para ellos, por esta circunstancia tuvieron que vivir debajo del agua; los demás respirábamos sólo oxígeno por lo tanto construimos poblaciones cerca de las orillas de los ríos en los que había  ciudades subacuáticas.

Me distrajeron de mis recuerdos dos peces Filoxes, cuya boca era como una navaja afiladísima, que se acercaban hacia mí. Me rodearon. Apuntaban con su boca mi mochila y mi tubo respirador. Saqué mi cuchillo de la mochila para defenderme porque sabía que esos peces solían cortar el tubo entre la mascarilla sobre la nariz y el recipiente que contenía el oxígeno; lancé tres estocadas, que fueron esquivadas, recién a la cuarta y a la quinta los maté.

Me amargué porque la sangre derramada atraería peces más feroces, aunque asimismo me alegré ya que conseguí dos peces más para alimentar a los habitantes de mi ciudad o para intercambiar con otras ciudades. Los até en una red y los puse dentro del conservador que siempre llevaba en los trueque.

Nadando rápido me alejé del sitio. Al poco rato distinguí la ciudad a la cual me dirigía, zigzaguee entre las primeras casas. Me detuve en el negocio de comida, revisé el reloj sumergible y todavía tenía media hora de oxígeno. Entré a la cámara adaptadora entre ambientes interiores y exteriores, del río a una construcción, aun con la mascarilla puesta, apreté el botón de comunicación y  Mirio el intercambiador, me hizo pasar a una sala. Charlamos sobre el clima, las novedades de nuestras respectivas ciudades y nuestros conocidos. Le pedí atunes, ofreciéndole las verduras que había llevado. Se hizo el trueque y guardé los peces adquiridos en el conservador.
Luego de unos minutos, empecé a despedirme, y justo a tiempo me acordé de contarle del ataque de los peces, éste se preocupó y dijo que avisaría a la vigilancia fluvio- zonal. Le estreché la mano. Salí del negocio, comencé a nadar regresando a la orilla del río hacia mi ciudad terrestre.