miércoles, 25 de diciembre de 2013

Encuentro anticipado de enero


Día del trabajador

Para ganar el sueldo hay que soportar situaciones que pocas veces gustan, para existir como se planea.

De eso vivo: de sueldos, de movimientos de dinero. Me dan, devuelvo algo,  recibo más, una parte me retiran.

Casi nunca me siento vacío. Casi siempre deben cuidar de que esté repleto. Si estoy sin efectivo, se producirá una crisis laboral de mis usuarios.

Algunos días me toquetean tanto que me da asco ver personas.

Todas se acercan por interés, ninguna me demuestra afecto, ni siquiera en este día me traen regalos. Me siento muy miserable. Me sumerjo en la oscuridad toda la noche.

sábado, 7 de diciembre de 2013

¡¡Feliz año nuevo!!


Encuentro de diciembre: ¡¡Felices fiestas!!




El beso

Se despedían. Estaba oscuro.

Él, médico, agitando su mano derecha

algo dijo.

Ella, paciente, nada oyó,

sonreía apretando los labios.

De pronto sintió en la mejilla

casi en el labio superior

un beso mojado.

Ni el ni ella lo planearon.

Beso no pedido, beso no esperado.

Ella se fue preguntándose porque

le daba un beso ese día,

si antes se saludaban dándose

las manos derechas.

¿Beso no planeado?

Ella pensó si lo volvería a  ver

ya que él viajaba pronto.

Nunca más se vieron.

¿Él la recuerda? Ella a él sí.

Ella maldijo su inexperiencia,

deseó que se repitiera el beso

pero no pudo ocurrir.

El maldijo que se retirase tan rápido

ella ese día y que él se marchase

de viaje.

¿Beso inesperado?

¿Beso no pedido?

Un beso que fue robado.

El beso

viernes, 1 de noviembre de 2013

Encuentro de noviembre


  Las ciudades fluviales

Estaba caminando por el bosque hacia el río; había árboles de hojas naranjas llenos de pájaros cantando. Amanecía. El cielo estaba rojo. Noté que quedaban pocos árboles de hojas verdes. La tierra del planeta, en su mayor parte, era roja oscura.

Tenía puesto el traje impermeable para sumergirme, observé alrededor, me coloqué sobre la cara la mascarilla conectada al tubo respirador; entonces me dirigí al medio del río. Floté y nadé bajo el agua fría sin templar aun por el calor primaveral.

El aire en el tubo me duraría cuatro horas, era bastante: me alcanzaba para intercambiar los alimentos que llevaba por los exquisitos peces, los cuales nos abastecerían durante tres semanas. Lo que guardé en mi mochila eran dos kilos de lechuga y tres kilos de zanahoria de la ciudad terrestre para hacer el trueque por los atunes, salmones y los peces que el río tuviera ahora.

Desde hacia cien años los humanos vivíamos cerca de los ríos profundos sobre la superficie terrestre y también debajo del agua. Algunos seres humanos y otros animales habían involucionado hasta recuperar la capacidad de respirar bajos el agua, o sea del lugar que surgimos y el oxígeno fue veneno para ellos, por esta circunstancia tuvieron que vivir debajo del agua; los demás respirábamos sólo oxígeno por lo tanto construimos poblaciones cerca de las orillas de los ríos en los que había  ciudades subacuáticas.

Me distrajeron de mis recuerdos dos peces Filoxes, cuya boca era como una navaja afiladísima, que se acercaban hacia mí. Me rodearon. Apuntaban con su boca mi mochila y mi tubo respirador. Saqué mi cuchillo de la mochila para defenderme porque sabía que esos peces solían cortar el tubo entre la mascarilla sobre la nariz y el recipiente que contenía el oxígeno; lancé tres estocadas, que fueron esquivadas, recién a la cuarta y a la quinta los maté.

Me amargué porque la sangre derramada atraería peces más feroces, aunque asimismo me alegré ya que conseguí dos peces más para alimentar a los habitantes de mi ciudad o para intercambiar con otras ciudades. Los até en una red y los puse dentro del conservador que siempre llevaba en los trueque.

Nadando rápido me alejé del sitio. Al poco rato distinguí la ciudad a la cual me dirigía, zigzaguee entre las primeras casas. Me detuve en el negocio de comida, revisé el reloj sumergible y todavía tenía media hora de oxígeno. Entré a la cámara adaptadora entre ambientes interiores y exteriores, del río a una construcción, aun con la mascarilla puesta, apreté el botón de comunicación y  Mirio el intercambiador, me hizo pasar a una sala. Charlamos sobre el clima, las novedades de nuestras respectivas ciudades y nuestros conocidos. Le pedí atunes, ofreciéndole las verduras que había llevado. Se hizo el trueque y guardé los peces adquiridos en el conservador.
Luego de unos minutos, empecé a despedirme, y justo a tiempo me acordé de contarle del ataque de los peces, éste se preocupó y dijo que avisaría a la vigilancia fluvio- zonal. Le estreché la mano. Salí del negocio, comencé a nadar regresando a la orilla del río hacia mi ciudad terrestre.

viernes, 4 de octubre de 2013


Encuentro de Octubre


La corbata

El payaso Lalo trabajaba en la peatonal Florida.

Aunque hacía reír con sus piruetas y sus animales de globo siempre había nostalgia representada  por la lágrima negra debajo del ojo derecho, en su rostro maquillado de blanco. Además contaba chistes pero no sonreía nunca. A mí no me gustaba esa contradicción de emociones.

Se vestía  casi como un arco iris, la manera de combinar colores no la envidiarían los diseñadores ni los pintores: llevaba sobre el pelo amarillo un gorro verde, me usaba a mí que soy azul y naranja (sí, yo soy hermosa, me considero digna de un modelo de Cartier en vez de un ridículo payaso), un gran pantalón verde y rojo, saco azul brillante con lunas blancas, camisa celeste y zapatones naranjas. Comparándolo con algunos modelos que solían ser delgados y vestidos con ropa oscura, no tenía elegancia.

Una y otra vez pensaba en ahorcarlo con mi nudo azul y naranja.

Un  día no aguanté más: la tarde en que decidí hacerlo realmente era muy calurosa. Lalo trató de aflojarse el nudo, pero me apreté más fuerte alrededor de la garganta. No le permití hablar ¡Cómo gesticulaba!

Sentí un gran alivio cuando unas manos me desataron alejándome de él. Me dejaron en el suelo. Vi que le hacían respiración boca a boca.

Me patearon los enfermeros de la ambulancia. De pronto una corriente de aire me levantó, volé entre los edificios y llegué a las ramas de un árbol de  una plaza. ¡Estaba libre al fin!

 

jueves, 5 de septiembre de 2013

Lector: Encuentro de Septiembre



No te olvides de mí

 
                                                  I

Dan las  00.00 hs. Según la costumbre de fin de año mediante fuegos artificiales
 
cada cifra: 2-9-9-9 cambia a 3.000  en la oscura noche, también aparece la frase:
 
 “¡Feliz Año!” en distintos idiomas.

Laila observa, desde una ventana situada a la izquierda de la puerta de entrada, las irreconocibles líneas hasta que identifica su lengua nativa: Oñaka. Grita, salta contenta y mira a un grupo de personas que están allí y  que se ríen con su entusiasmo.

Comienza el año 3.000.

Sólo dos entre la mayoría tienen los ojos gigantes, pero no de maravilla, sino de espanto. Es una señora vieja y su compañero de viaje también viejo.

Al entrar a la casa de Nalk y Laila permanecieron quietos unos instantes en el medio de la habitación mirando intrigados alrededor. Había personas de pie y sentadas hablando y comiendo.

Después pudieron acomodarse.

Estaban sentados, cruzados de brazos en las hamacas ubicadas en diagonal con respecto a la entrada y de espalda a una de las ventanas y murmuraban:

        -Pero… ya todos - dice ella - es asombroso…-.

 - Sería mejor irnos- replica éste.

Apenas habían comido los medallones de verdura, queso, fruta y carne típicos del lugar,  ni los maníes dulces, pasas de uva y confites distribuidos en vasijas sobre la mesa; tampoco probaron el   líquido  similar a la sidra que les ofrecieron.

¡Cómo atreverse a hacerlo!

-      ¿Así  te imaginaste  a Nalk? Empiezo a  comprender porqué nos incluyó, porque fuimos invitados- dijo temerosa la señora Mit a su acompañante Pal. Éste asintió.

Luego de dar los primeros minutos del año 3.000, Laila  saluda a los presentes con besos en las mejillas y abrazos.

Se acerca hacia ellos. Detrás la sigue Nalk.

Mit y Pal se ponen de pie.

-¿Qué hacemos? – susurró Pal al verlos  acercarse sonriendo.

Laila agita los brazos.

-      ¡Bonuk año!¡ buen y feliz año! ¡Bonuk y feliz annio!- dice y los abraza suavemente. Agrega :

-      ¿Se quedarán unos días aquí?-.

Pal sin abrazarla le dice Feliz año.

Mit al abrazarla  trata inútilmente de ocultar las manos.

Laila frunce las cejas, abre los ojos, retrocede y eleva  los brazos sorprendida, sin decir una palabra. 

Trastabilla y casi se cae porque Nalk tropieza con ella.

 

II

“A través de un cierto lapso de tiempo se ha observado que igualmente como  el homo sapiens comenzó a caminar erguido y desapareció la cola del mono que le permitía asirse de las ramas desarrollándose los miembros inferiores (piernas) asimismo se observa después de millones de años que también se dejó de utilizar las extremidades superiores (dícese vulgarmente manos) que cambiaron de forma gradual”.

Laila inspiró (como no me di cuenta antes, pensó) Expiró…inspiró. Volvió a apoyar la palma de su mano en el interruptor plano y hueco al costado de la pantalla de la Lectoría y el texto siguió surgiendo:

“…La doctora Celika en su Ensayo Preliminar declaró: ‘las mutaciones físicas surgieron de manera aislada, aquí y allá. En diferentes formas y  en diferentes lugares.

Los científicos en el año 2015, comenzaron a  advertir al público masivo sobre los cambios que el medio ambiente provocó y  tal vez provocaría en el cuerpo humano.

Citamos: un caso de una persona que no tenía pulgar en una de sus manos, otra que no tenía las manos completas, algunas sin uno de los brazos. De otra que tenía una cicatriz entre los omoplatos, en su espalda. Otra, que en uno de sus  hombros tenía una cicatriz hundida.

La mayoría de las personas mencionadas ignoran las causas de las mismas (herida o vacuna o de nacimiento). Otra persona tenía una cicatriz expuesta, no hundida en uno de los hombros. Al ser interpelados por los médicos todos expresaron que: arde, pica o late lo que falta. Además laten los músculos adyacentes: espaldas, brazos, cabezas y cinturas etc.

 Aunque fuera molesto usar relojes, limpiar, cocinar y abrir latas y paquetes sin que se resientan los miembros mencionados  hallaron diferentes maneras de realizar esas tareas y adaptarse a las situaciones que surgieran. También dijeron que  es dificultoso levantar objetos pesados.

No se conocen todas las posibles mutaciones. Si algunas personas se muestran, otras se ocultan por miedo o vergüenza…”

Laila mira sus triangulares  palmas. Lagrimea mientras lee:

“…Después de la  observación de estos casos, se comenzó  a especular las posibles causas: la aparición de los artefactos electrodomésticos que aliviaron parte del trabajo y las máquinas comenzaron a suplir al ‘trabajo- hueso’ hogareño.

 También en otras áreas las máquinas empezaron a  hacer las actividades antes hechas por los humanos.

Las consecuencias y las posibles  adaptaciones   se investigan”…

 

Laila giró la cabeza de izquierda a derecha mirando a otras personas utilizando las máquinas que se hallaban en  la Sala de Lectura Silenciosa: “¿no perciben? No claro. YA ES ASÍ…ADÓNDE  FUE.¿Y EL FUTURO CÓMO SERÁ?” pensó.

“…Archivo 367215.566000- año 2050. El licenciado en Antropología y Técnica, Ralk en su conferencia Nª 510 informó: la mayoría de las personas en nuestros días, no tienen dedos. En ambas manos el pulgar, disminuido a la mitad en su tamaño,  aún se nota en los lados interiores. Las palmas y los  dedos están  unidos como triángulos isósceles  afinados sin uñas. En un mundo donde antes las personas zurdas tenían que adaptarse a la realidad hecha para la mayoría de la población que era derecha ahora todos tendremos que modificar nuestros hábitos como consecuencia de estas mutaciones. ¿Seguirá existiendo esta distinción de personas hábiles con la mano derecha o con la izquierda? El futuro tal vez responda.

 Toda la sociedad cambiará.

Surgen dificultades para maniobrar las hojas de papel y ya fue, en años anteriores, complicado leer y escribir.

 Las bibliotecas, además de guardar y cuidar los libros  antiguos de papel, empezaron a difundir sus contenidos  en sistemas de sonido: se las denominó Bibliotecas Parlantes.

Simultáneamente se produjo la ausencia de la escritura manuscrita en el papel y empezó la escasez del mismo.

Los conflictos e interrogantes empezaron hace veinte años a generarse: cómo se enseñaría la escritura a los chicos  sin papel y los documentos personales en qué soportes se sustentarían. Se inicia la búsqueda de  sustitutos: telas, plásticos, gomas blandas y resistentes.

Comenzaron a desarrollar nuevos útiles  para contener la tinta. Podrían utilizarse pizarras pequeñas individuales de plástico y marcadores o pinceles de tinta lavable.

Hoy, año 2050, estos métodos se hallan en práctica.

Ignoramos si estas posibilidades serán eficientes.

Las soluciones y consecuencias serán investigadas durante muchos años.

En el teclado con la forma triangular de la mano la escritura sería difícil y lenta. Las teclas deberán ser más grandes.  

Generó la producción de máquinas accesibles por el sonido que consintió el dictado apareciendo los textos en la pantalla  y por la presión de las palmas de las manos en  máquinas diseñadas para la lectura.    

 Probablemente en el futuro el acceso a todos los lugares físicos se produciría  mediante la huella digital de la palma de la mano  y por la identificación de la retina.

 El interrogante primordial de la gente es porque se  han  producido esas mutaciones en el cuerpo humano.”

La información continúa en la pantalla.

 “ Thika, una socióloga, en el año 2080 comenta: todas las personas no están en la misma situación.

Se han registrado situaciones violentas: algunas personas quisieron  destruir las máquinas en un arrebato de furia porque pensaron que al haber ocupado el lugar de los seres humanos, éstas fueron responsables de los cambios producidos (¿hasta que punto  la tecnología que la humanidad fabricó es responsable?) y también  quisieron  matar  a otras personas porque eran diferentes. Los agresores fueron disuadidos y detenidos por la policía.

    Una versión electrónica de un periódico de esa época cuenta:   “Episodios del mismo tenor hemos encontrado durante años: ‘¡son extraterrestres!¡son extraterrestres!’. La policía se llevó a la rastra a los gritones furiosos (muchachos y muchachas) que armados con cadenas habían golpeado y herido a varios transeúntes `no iguales a ellos’ (dos dedos largos en cada mano) que pasaban por una esquina céntrica.”

 Tiempo después, otros grupos de personas llamados No te olvides de mí  proponían la producción artesanal  de la mayor cantidad de tareas posibles sin destruir ni repudiar la tecnología porque no debemos permitir que ningún ser humano sea esclavizado. La humanidad cambia sin retroceder.

Distribuían tarjetas grabadas en plástico que decían: ‘ Ante el cambio ante la evolución  no te ocultes, NO TE OLVIDES DE MÍ, PORQUE  ¿QUIÉN  ES EL DIFERENTE?...’”

          

III

 

La puerta-portón de salida se abrió automáticamente. Laila salió  de la  Central de archivos. Un torbellino interno le distorsionaba el entorno: los árboles temblaban y caían y  la calle se hundía. El aire fresco la despejó.

 Piensa: “Todo esto tendría que haberlo comprendido antes.

Nalk es antropólogo. Un pie delante del otro, un pie delante del otro no llegaré.” Pasaban carros con caballos.

Llama y sube a un carruaje guiado por un jinete a caballo. Da una dirección. Al llegar paga con una moneda de cobre y aluminio que tenía en el bolsillo.

Ya de pie delante de la puerta de la casa, como todas las demás de una planta y ovaladas, nerviosa presionó la cerradura. “¿Qué motivos son los que han hecho  que hoy me aperciba de…? no, hoy no, el día de año nuevo. Hace cinco días, cuando saludé a Mit y Pal,  vi que sus palmas tenían dedos”. Se estremeció.       

Ya dentro  vislumbró  a Nalk de pie tenso frente a la pequeña hamaca, -“¡no!”- murmuró. Escuchó voces:

-      Por favor, nosotros habitamos en las afueras de Calc, que le podríamos decir o hacer- balbuceaba Pal.

-      ¡No! ¡Ustedes no intenten suicidarse, ni maten a Nalk!¡ Nalk, no los mates!- gritó Laila.

Nalk la miró con sorpresiva y leve intriga. De pronto sonrió.

-      Te esperaba Laila- dijo.

Ella notó que Pal y Mit también la miraban asustados, tal vez furiosos. Sus brazos descansaban en los bordes de la silla hamaca.

Luego descubrió en sus ojos infinita tristeza.

Nalk decía mientras la llevaba a otra silla- hamaca sentándose a su lado:

-¿Quién querría matarlos?-.

Le murmuró en voz baja: tranquila. Ella le responde: gracias. Nalk continua diciendo en voz alta:

- No podía perder la oportunidad para aprender, soy un antropólogo. Los invité y ellos vinieron. Debemos aprovechar esta ocasión-.

  Mit, tenía lágrimas en el rostro, se las secaba moviendo las manos y decía:

-      Es alarmante. En la ciudad de donde somos las personas que conocemos tienen otra forma en sus manos,  son casi completas y aquí…- se interrumpió.

Nalk que se levantaba y se sentaba de a ratos. Dijo:

-      Eso será algo para descubrir el o los porqué  de las diferencias. Me informé muchas cosas de su zona y de ustedes-.

Pal murmuraba mientras se pasaba una mano por la frente y luego la apoyaba en una rodilla:

-      ¿Qué podríamos contarles? ¿Cómo podríamos ayudarles? Ustedes también dígannos como hacen las cosas. Leímos sus informes en CD y en las Lectorías porque queríamos saber, pero cuando vimos nos asombramos… entonces decidimos que sería interesante hablar-.

Laila suspiró aliviada y habló:

 

-  Yo tengo curiosidad acerca de cómo es su vida y cuáles son las costumbres que ustedes tienen.  Creo que serían interesante las cosas que todos podríamos expresarnos-.

Descendió una calma momentánea.

Se oía el resoplido pausado de Nalk que dijo:

-      Contaremos. Escucharemos. Laila mira, mira, escucha y conversemos.

 

     En:  El Club de las letras perdidas

                     Autora: Eugenia Sánchez

             Ed. Flor del Ceibo 2009, Hecho el depósito que marca la ley 11.723

          CDD  A860

          ISBN  978-987-23933-2-8

viernes, 9 de agosto de 2013



Según la Dirección Nacional de Derechos de Autor los textos presentados en un blog no se consideran publicados, o sea continúan inéditos. Por lo tanto este espacio se propone ser un lugar de encuentro literario virtual para que otras personas nos lean y para dar la posibilidad a escritores anónimos y escondidos en una biblioteca, en una plaza o en el comedor de su casa  de que sean leídos. Si les interesa este es el correo al cual dirigirse para ver sus textos aquí: setiembra74@gmail.com

jueves, 1 de agosto de 2013

Un poema


Personalidad 

En este mundo de derechos

soy zurda.

Soy atea: no creo en religiones

 aunque esté rodeada de ellas;

 abstemia, en las ocasiones cuando

los demás  sólo son felices con alcohol.

  Siendo obesa me siento invadida por

los  físicos esqueléticos;

eternamente dudosa  en la actualidad  repleta

 de supuestas verdades comprobadas;

 ignorante en  matemáticas

 porque nos  gobiernan los números.

  Existo para ser inconforme.

sábado, 20 de julio de 2013


Un libro es un buen amigo. ¡¡Feliz día amigos!!

Amor propio



Carta

Liliana:

Tintinea el metal al girar en la cerradura del departamento.
Me sonreís seductora  al verme, pero bien sé que tus labios no son para mí. Me enfurezco al adivinar que tu mente recuerda al hombre con el que tuviste sexo anoche en un hotel alojamiento. Es la tercera vez que pasa.

Te seguí desde tu trabajo cuando te fui a buscar, sorprendiéndote, para ir al cine.

Las llaves de tu corazón seguro no las tengo ya, pero las de mi vivienda sí.

Me muerden el alma los dientes serruchados cuando los cuelgo en el llavero adornado con tu rostro y el mío.

Tarareas una canción mientras sirves la cena. No me dejo engatusar, ni trato de hablar con vos porque es inútil.

Mañana vendrá el cerrajero para cambiar la cerradura cuando hayas salido. Tus cosas estarán en tus bolsos en el pasillo, esta carta  estará encima del bolso azul.

 Te dejaré fuera de mi vida con tus llaves gastadas. Estaré solo, pero no me faltara amor propio. 

                                                              Ariel

 

martes, 16 de julio de 2013


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Hola queridos y estimados cibernautas:

  Estas son mis fotos. Asi soy yo. 

Desde el año 1998 en el que tuvimos la primera computadora quise hacer un sitio web de literatura con mis escritos inventados y reales: estas semanas lo hice y ya se puede visitar y leer por internet: es un blog en vez de una pagina web.

Si a alguno le interesa publicar algo (poesías, cuentos, ilustraciones, opiniones sobre la actualidad, sin insultos,
etc.) envíenmelos a este correo:
setiembra74@gmail.com y aparecerán a la brevedad en el blog con sus nombres por supuesto. Por esto le puse el nombre de Las letras encontradas, con la idea de acercarnos y acercarse a todo la literatura, ya que también se pueden leer las imágenes.

Saludos cordiales.
Eugenia


domingo, 14 de julio de 2013


El  caballero  Rojo
Autora: Eugenia Sánchez

En el palacio del duque, junto al cerco de los caballos, estaba la hija del duque mirando su hermoso jardín de flores; cuando el padre la llamó:   

—   ¡Hija, ven! —

—   Si padre, ¿qué quieres?—

—   Cerca de aquí está el Mar Rojo…—

—   ¿Es rojo el mar? — preguntó Irene Marcela.

—   No hija, se llama así, después está el palacio rojo se llama así, allí vive, en el palacio el caballero rojo, que tiene problemas y me pidió a mí que vayas a ayudarlo, si estás de acuerdo…—

—   ¿Yo, para qué? —

—   No sé hija, pero creo que deberías ir, él nos hizo un favor y yo se lo quiero devolver —.

—   ¿Y qué favor hizo?—

—   En salvarte a ti de un malvado. Él tenía trece años y tu también, el te salvó la vida —

—   ¡Ah! ¡Entonces iré con gusto! ¿Cuándo? —dijo Irene Marcela.

—   Mañana cruzarás el Mar Rojo en un barco, de allí saldrás al palacio rojo y allí…veremos— le dijo el padre.

—   Bueno padre, me voy a acostar. Hasta mañana papá — dijo Irene Marcela.

—   Hasta mañana, querida hija —

 

A la mañana siguiente, Irene estaba lista para salir, el barco era del duque. En él iban el duque, su hija y su esposa.

 Irene casi siempre se hallaba en cubierta mirando las hermosas aguas del Mar Rojo, cuando oyó hablar a dos marineros:

— Mañana nos iremos de este maldito barco, Ned Barcs—

—   Si Joe, y así robaremos el tesoro del caballero rojo—.

Irene luego de oír esta conversación, entró en su camarote y se puso a pensar, “¿qué harían esos ladrones en el barco? ¿ éste es el problema del caballero rojo? Nada sé de eso, después investigaré, me voy a dormir una siesta”.

Mientras Irene dormía, el padre y la madre hablaban:

—   ¿Irene irá sola con el caballero rojo?— dijo la duquesa Margarita.

—   Si querida — contestó el duque Carlos.

—   ¿Irene habrá descubierto quiénes son los ladrones marinos?— preguntó de nuevo Margarita.

—   No sé querida, si los hubiera des…—

—   ¡Señor duque! ¡Llegamos al lugar!¡Ya terminó el viaje en barco!¡Y los ladrones están muertos!—

—   ¡Qué alivio! Pero cómo fue…— interrogó el duque.

—   Escuchamos gritos. Habían caído al agua, después no los vimos más y supusimos que se ahogaron...—

 

 

—    Margarita despierta a Irene — agregó luego Carlos.

Entró en el camarote.

— Marcela, levántate, terminó el viaje en barco y los ladrones están muertos— dijo.

—   ¡Cuánto me alegro! ¿Ya llegamos?¿Sigo sola el viaje?—.

—   Si a los dos preguntas, ven a cubierta —

—   Hija, toma esta nota y dásela al caballero rojo cuando llegues.

        Se saludaron.

Irene bajó del barco y se dirigió con su equipaje al auto  que la esperaba, arrancó y se puso en marcha.

El trayecto fue muy agradable al palacio rojo. De pronto vio una torre roja e Irene creyó que era el palacio del caballero, va mirando la torre y  cuando ya llegó al palacio  se detuvo el carro. Bajó con sus maletas. Tocó un timbre:

—¿Está el caballero rojo?— preguntó cuando le abrieron

—Si señorita, ¿Qué quiere?—

—   El caballero rojo me invitó a su palacio— dijo Irene

—   Pase — el señor la guió hasta un salón. Allí estaba el caballero rojo y…

—   ¡Ah! ¡Hola señorita! ¿sus padres están bien?—

—   ¡Hola señor…! Después de tantos años olvidé su nombre…—

—   Robert es mi nombre y el nombre de nobleza, por decirlo de alguna manera, es Caballero Rojo, que pertenece a mi familia desde hace muchos años — le recordó él

—   Tengo veinticinco años y usted también — dijo ella.

—    No debió ser tan prolongada la pausa. Me alegro de verla nuevamente— contestó.

—   Mis padres están bien. ¡Ah! Mi padre dijo que le entregase esta nota —

El señor Robert la agarró y la leyó:

 

                “Querido Robert:

                                          Cuida bien a mi hija. ¿Puede ella quedarse allí tres meses, porque nosotros queremos descansar para atender asuntos importantes? ¿Qué le parece?

 

                                                       El señor Carlos”

 

El duque puso una expresión extraña al leer la carta, pero luego se le borró y dijo a Irene:

—   Necesito tu ingenio. Mi madre está perdida y te he  pedido que vinieras para que me ayudes a buscarla. ¿Quieres?—

—   Si, duque— respondió Irene.

—   ¡Muy bien! Mañana saldremos. ¿Quieres comer algo?— le preguntó Robert cuando entraban al comedor con la cena ya lista.

—   Si, señor. Apenas almorcé. El largo viaje admirando el bello paisaje y el aire marino me han  provocado un apetito constante. – Irene se percató de que estaba hambrienta.

—   Ya recuperarás las fuerzas— dijo Robert sonriendo.

—    Estaba intrigada. En el barco se hallaban unos ladrones que quizás se ahogaron — agregó Irene. Robert la escuchaba pensativo:

—   Es preocupante — dijo.

Irene Marcela y el duque empezaron a comer.

A la hora Irene en la habitación que le tenían lista  pensó mientras guardaba sus cosas: “¿porqué tenía esa expresión rara en los ojos cuando leyó la carta de mi padre?¿Porqué la miraba con ‘buenos ojos’? Vamos, vamos Irene que tu también lo mirabas con ‘buenos ojos’”. Al rato se metió en la cama y se durmió.

 

Robert en su habitación meditaba: “¿Porqué el padre de Irene quería descansar mientras se ocupaba de sus asuntos? Ridículo”.

Escribió la respuesta que decía:

 

                                                 “Querido duque:

                                                                           Mis saludos. Pero podríamos aclarar algo. ¿Por  qué quiere que yo tanga a Irene Marcela aquí tres meses? ¿Por qué ustedes quieren  descansar? Espero su respuesta.

                               El duque Roberto”

 

Ya que el mar estaba revuelto, la envió con un mensajero esperando que aún los encontrase en el puerto antes de marcharse del país.

Las palabras: “quedarse allí tres meses”, “queremos descansar” le resonaban en la cabeza. Eso le hizo tener sueño y al instante se durmió.

 

A la mañana siguiente se presentó Irene vestida con pantalón corto, remera corta, un sombrero, medias y zapatillas y una campera, su cabellera  pelirroja estaba atada en una trenza.  Robert estaba esperándola y vestía camisa manga corta, pantalón corto, sombrero, medias y zapatillas. Buscaron luego una cantimplora con agua fresca. Se saludaron y fueron a desayunar.

— ¡Qué rico está el desayuno!— dijo Irene.

—   Sí, y se ve que tenías hambre — dijo Robert

Ambos rieron. Después fueron a saludar al padre del Caballero rojo o sea del duque Roberto.

—   ¡Hola padre!— dijo Roberto

—   ¡Hola hijo! ¿qué tal señorita?— dijo Miguel, que así se llamaba el padre de Robert.

—   Muy bien, señor. ¿Y usted?— preguntó ella.

—   Bien — contestó.

—   ¿Irene, puedes esperarme afuera? Tengo algunos asuntos que hablar — dijo Robert.

—   Claro, hasta luego —.

—   Padre, ¿sabes una cosa? Le amo — dijo Robert.

—   Ya lo sé hijo, llegó un mensaje para ti —.

—    Gracias padre — dice Robert. Agarra el mensaje y lo lee:

 

          “Señor duque:

    

                                Mis saludos. Creo que no me expliqué bien en el anterior mensaje o carta, tenerla allí tres meses, cierto. Pero nosotros descansar, no, tenemos que hacer un trabajo. Es decir ver cómo se hallan o están los tres lugares de los que somos gobernantes: París un mes, Austria un mes y Puerto Rico un mes.

Cuando mejore el clima, nos iremos.

¿Entiende?

                                           El duque  Carlos”

 

 

—   ¡Ahora lo entiendo! Bueno, voy con la duquesa Irene Parchitons.

Luego, al verla:

—   ¿Tardé mucho?— preguntó Robert.

—   No, ¿empezamos el camino?— dijo ella

—   Ahora mismo —

—   Es lindo el bosque, ¿no?— dijo él.

—   Sí, pero, ¿y tu madre?— preguntó Irene que estaba caminando sobre unas huellas. Se agacha para atarse el cordón de la zapatilla y ve las huellas.

—   ¡Mira Robert! ¡Estas pisadas! —

—   ¡Son de mi madre! ¡Sigámoslas!— dijo Robert. Siguieron las huellas, pero…¡de pronto habían desaparecido! Irene y Robert levantan las cabezas y ven un agujero y una cueva. Tuvieron que arrastrarse para entrar allí. Dentro, se irguieron, empezaron a caminar. Apenas habían dado tres pasos cuando vieron…

—   ¡Flores marchitas!— dijo Irene Marcela.

—   ¡A mi madre le gustan! Quizás sea una pista, sigámoslas—  dijo Robert.

Mientras seguían las flores en un lugar de la cueva, dos hombres hablaban:

—   ¡Qué idea genial tuviste, Joe, al simular estar muertos!— dijo Ned Barcs.

—   Sí, Ned — dijo Joe — la de atrapar a la madre y por ella pedir el palacio rojo como pago del rescate también fue una gran idea.

¡Eran los marinos del barco! Simularon morir ahogados pero escaparon nadando.

 

—   Robert, tú no me aclaraste por qué hay que buscar a tu madre ni de que se trataba — dijo Irene.

—   ¡Es cierto! Me olvidé: resulta que hace cinco días  mi madre se fue de paseo por el bosque y no ha regresado. Han pedido en una nota anónima de rescate el palacio. Pero antes decidí buscarla y para eso solicité tu ayuda. Y lo estás haciendo bien —.

 

Los dos siguieron la pista de las flores. Después de caminar mucho, llegaron a una arboleda y cerca escucharon gritos.

Se ocultaron tras unos robles.

—   ¡Usted por mí no conseguirá que le den  el palacio, vendrán a  salvarme, ya verá! — era una voz de mujer la que gritaba.

—   ¡Que veré! ¡El palacio! ¡ja, ja, ja!— dijo Ned Barcs.

—   ¡Cállese, o disparo!— gritó Joe apuntándole con un revolver.

Tras los robles:

— ¡Tenemos que darle el palacio!¡Tenemos que dárselo!— dijo Robert

—   ¡No, no! Si se lo damos tal vez no nos den a tu madre, porque se darán cuenta que vale más que eso, quizás rescate de dinero — dijo Irene.

—   ¿Sabes una cosa? Te amo — dijo Robert

—   Yo también— dijo Irene

Luego se abrazaron y se besaron escondidos entre los árboles, para que no los descubrieran.

Hicieron un plan para salvar a la madre de Robert: le quitarían las pistolas  sorpresivamente y los atarían, después se llevarían a la madre. A los raptores los encerrarían en la cueva, hasta que diesen aviso al duque, padre de Robert, los llevará al calabozo de la ciudad.

Los ladrones se sentaron sobre unas rocas para comer unos bocadillos con los revólveres a los costados.

Irene iba  a quitarle las armas, pero tropezó e hizo ruido.

—   ¿Qué fue eso?— preguntó Ned

—   ¡Miau, miau!— imitó Irene.

—   ¡Bah, es un gato que se metió por aquí!— dijo Joe.

Irene se movió en cuatro patas y les quitó las pistolas.

—   ¡Quietos ahí, o son coladores!— se quedaron bien quietitos. Robert apareció y desató a su madre y ató con la misma soga a los ladrones.

—   ¡Querida madre, estás a salvo! — dijo Robert.

—    Si hijo gracias a vos — dijo la madre.

—   También a la astucia de mi querida novia dijo Robert mirando a Irene.

—   ¡Ah, con que son novios, los felicito! — dijo la madre de Robert.

—   Gracias, señora— contestó Irene

 

Llegaron al palacio lentamente y avisaron al padre de Robert del encuentro de la madre. También le contaron del noviazgo y de los ladrones.

 

Después de dejar a la madre con el padre que la llevó a descansar, Robert dijo a Irene Marcela:

—   Tú tienes que quedarte aquí tres meses porque tu padre me lo

encargó —

—   ¿Por  qué? —  pregunta ella intrigada.

Robert le entregó el mensaje e Irene lo leyó. Luego dijo:

—   ¿Me quedaré aquí contigo?—

—   Sí— respondió Robert

—   ¡Qué bueno! Pero yo no sabía que fueran a hacer eso, pues me dijeron que lo harían el próximo año — contestó ella.

—   ¡Yo no entiendo a tus padres!— dijo Robert.

—   ¡Yo tampoco!— dijo Irene, y los dos rieron, aunque Irene sentía que su rostro se llenaba de lágrimas.

 

Días después Irene escribió a sus padres:

 

                         “Queridos padres:

                                                     ¿Cómo  están? ¿Qué tal les va en París? Yo aquí estoy muy bien, la paso muy divertido. No los extraño para nada, leemos y paseamos con el duque, somos novios. La misión esa, la que él me llamó era para salvar a la madre, que había sido raptada…¿saben por quienes?¡Por Ned Barcs y Joe! ¡Los marinos del barco que se hicieron los muertos! Ahora están presos. Bueno, los saludo y espero su respuesta.

 

                                                                  Irene Marcela”

 

—   ¿Qué estás haciendo Irene?— preguntó Robert que había  llegado silencioso.

—   Estoy escribiendo una carta a mis padres, ¿y tú qué haces?– responde ella.

—   Venía a buscarte para ir de caza y esta noche el baile que va a hacer mi madre —

—   Pongo la carta en el buzón y vamos—.

Fueron  al bosque pero no cazaron nada.

Regresaron y se prepararon para el baile que se realizaría a las nueve; eran las ocho.

A las nueve y media empezó el baile. Había mucha gente, hablaban, bailaban y se divertían como nunca antes.

Luego pusieron a  cada visitante solo y les sacaron fotos. A Irene también le sacaron una, estaba hermosa: con su cabello rojo suelto,  el vestido rojo con corazoncitos blancos en el ruedo, zapatos negros, chal blanco, coronilla de oro, guantes blancos, casi una duquesa roja muy sonriente. Terminó la noche.

A las dos semanas siguientes Irene recibió carta de sus padres:

                                                                                

                          “Querida hija:

                                               Nosotros estamos muy bien. En París tuvimos que arreglar algunos errores y creo que pronto estaremos en Austria. Con respecto al noviazgo estamos muy contentos, en cuanto a esos ladrones malvados nos parece correcto que estén presos.

En unos meses nos encontraremos. Cuídate.

                                                                             Carlos y Margarita.

 

Un año después, cuando los padres de Irene ya habían regresado y llegaron al palacio del duque, Irene y Robert se casaron.

Fueron muy felices juntos.