domingo, 14 de julio de 2013


El  caballero  Rojo
Autora: Eugenia Sánchez

En el palacio del duque, junto al cerco de los caballos, estaba la hija del duque mirando su hermoso jardín de flores; cuando el padre la llamó:   

—   ¡Hija, ven! —

—   Si padre, ¿qué quieres?—

—   Cerca de aquí está el Mar Rojo…—

—   ¿Es rojo el mar? — preguntó Irene Marcela.

—   No hija, se llama así, después está el palacio rojo se llama así, allí vive, en el palacio el caballero rojo, que tiene problemas y me pidió a mí que vayas a ayudarlo, si estás de acuerdo…—

—   ¿Yo, para qué? —

—   No sé hija, pero creo que deberías ir, él nos hizo un favor y yo se lo quiero devolver —.

—   ¿Y qué favor hizo?—

—   En salvarte a ti de un malvado. Él tenía trece años y tu también, el te salvó la vida —

—   ¡Ah! ¡Entonces iré con gusto! ¿Cuándo? —dijo Irene Marcela.

—   Mañana cruzarás el Mar Rojo en un barco, de allí saldrás al palacio rojo y allí…veremos— le dijo el padre.

—   Bueno padre, me voy a acostar. Hasta mañana papá — dijo Irene Marcela.

—   Hasta mañana, querida hija —

 

A la mañana siguiente, Irene estaba lista para salir, el barco era del duque. En él iban el duque, su hija y su esposa.

 Irene casi siempre se hallaba en cubierta mirando las hermosas aguas del Mar Rojo, cuando oyó hablar a dos marineros:

— Mañana nos iremos de este maldito barco, Ned Barcs—

—   Si Joe, y así robaremos el tesoro del caballero rojo—.

Irene luego de oír esta conversación, entró en su camarote y se puso a pensar, “¿qué harían esos ladrones en el barco? ¿ éste es el problema del caballero rojo? Nada sé de eso, después investigaré, me voy a dormir una siesta”.

Mientras Irene dormía, el padre y la madre hablaban:

—   ¿Irene irá sola con el caballero rojo?— dijo la duquesa Margarita.

—   Si querida — contestó el duque Carlos.

—   ¿Irene habrá descubierto quiénes son los ladrones marinos?— preguntó de nuevo Margarita.

—   No sé querida, si los hubiera des…—

—   ¡Señor duque! ¡Llegamos al lugar!¡Ya terminó el viaje en barco!¡Y los ladrones están muertos!—

—   ¡Qué alivio! Pero cómo fue…— interrogó el duque.

—   Escuchamos gritos. Habían caído al agua, después no los vimos más y supusimos que se ahogaron...—

 

 

—    Margarita despierta a Irene — agregó luego Carlos.

Entró en el camarote.

— Marcela, levántate, terminó el viaje en barco y los ladrones están muertos— dijo.

—   ¡Cuánto me alegro! ¿Ya llegamos?¿Sigo sola el viaje?—.

—   Si a los dos preguntas, ven a cubierta —

—   Hija, toma esta nota y dásela al caballero rojo cuando llegues.

        Se saludaron.

Irene bajó del barco y se dirigió con su equipaje al auto  que la esperaba, arrancó y se puso en marcha.

El trayecto fue muy agradable al palacio rojo. De pronto vio una torre roja e Irene creyó que era el palacio del caballero, va mirando la torre y  cuando ya llegó al palacio  se detuvo el carro. Bajó con sus maletas. Tocó un timbre:

—¿Está el caballero rojo?— preguntó cuando le abrieron

—Si señorita, ¿Qué quiere?—

—   El caballero rojo me invitó a su palacio— dijo Irene

—   Pase — el señor la guió hasta un salón. Allí estaba el caballero rojo y…

—   ¡Ah! ¡Hola señorita! ¿sus padres están bien?—

—   ¡Hola señor…! Después de tantos años olvidé su nombre…—

—   Robert es mi nombre y el nombre de nobleza, por decirlo de alguna manera, es Caballero Rojo, que pertenece a mi familia desde hace muchos años — le recordó él

—   Tengo veinticinco años y usted también — dijo ella.

—    No debió ser tan prolongada la pausa. Me alegro de verla nuevamente— contestó.

—   Mis padres están bien. ¡Ah! Mi padre dijo que le entregase esta nota —

El señor Robert la agarró y la leyó:

 

                “Querido Robert:

                                          Cuida bien a mi hija. ¿Puede ella quedarse allí tres meses, porque nosotros queremos descansar para atender asuntos importantes? ¿Qué le parece?

 

                                                       El señor Carlos”

 

El duque puso una expresión extraña al leer la carta, pero luego se le borró y dijo a Irene:

—   Necesito tu ingenio. Mi madre está perdida y te he  pedido que vinieras para que me ayudes a buscarla. ¿Quieres?—

—   Si, duque— respondió Irene.

—   ¡Muy bien! Mañana saldremos. ¿Quieres comer algo?— le preguntó Robert cuando entraban al comedor con la cena ya lista.

—   Si, señor. Apenas almorcé. El largo viaje admirando el bello paisaje y el aire marino me han  provocado un apetito constante. – Irene se percató de que estaba hambrienta.

—   Ya recuperarás las fuerzas— dijo Robert sonriendo.

—    Estaba intrigada. En el barco se hallaban unos ladrones que quizás se ahogaron — agregó Irene. Robert la escuchaba pensativo:

—   Es preocupante — dijo.

Irene Marcela y el duque empezaron a comer.

A la hora Irene en la habitación que le tenían lista  pensó mientras guardaba sus cosas: “¿porqué tenía esa expresión rara en los ojos cuando leyó la carta de mi padre?¿Porqué la miraba con ‘buenos ojos’? Vamos, vamos Irene que tu también lo mirabas con ‘buenos ojos’”. Al rato se metió en la cama y se durmió.

 

Robert en su habitación meditaba: “¿Porqué el padre de Irene quería descansar mientras se ocupaba de sus asuntos? Ridículo”.

Escribió la respuesta que decía:

 

                                                 “Querido duque:

                                                                           Mis saludos. Pero podríamos aclarar algo. ¿Por  qué quiere que yo tanga a Irene Marcela aquí tres meses? ¿Por qué ustedes quieren  descansar? Espero su respuesta.

                               El duque Roberto”

 

Ya que el mar estaba revuelto, la envió con un mensajero esperando que aún los encontrase en el puerto antes de marcharse del país.

Las palabras: “quedarse allí tres meses”, “queremos descansar” le resonaban en la cabeza. Eso le hizo tener sueño y al instante se durmió.

 

A la mañana siguiente se presentó Irene vestida con pantalón corto, remera corta, un sombrero, medias y zapatillas y una campera, su cabellera  pelirroja estaba atada en una trenza.  Robert estaba esperándola y vestía camisa manga corta, pantalón corto, sombrero, medias y zapatillas. Buscaron luego una cantimplora con agua fresca. Se saludaron y fueron a desayunar.

— ¡Qué rico está el desayuno!— dijo Irene.

—   Sí, y se ve que tenías hambre — dijo Robert

Ambos rieron. Después fueron a saludar al padre del Caballero rojo o sea del duque Roberto.

—   ¡Hola padre!— dijo Roberto

—   ¡Hola hijo! ¿qué tal señorita?— dijo Miguel, que así se llamaba el padre de Robert.

—   Muy bien, señor. ¿Y usted?— preguntó ella.

—   Bien — contestó.

—   ¿Irene, puedes esperarme afuera? Tengo algunos asuntos que hablar — dijo Robert.

—   Claro, hasta luego —.

—   Padre, ¿sabes una cosa? Le amo — dijo Robert.

—   Ya lo sé hijo, llegó un mensaje para ti —.

—    Gracias padre — dice Robert. Agarra el mensaje y lo lee:

 

          “Señor duque:

    

                                Mis saludos. Creo que no me expliqué bien en el anterior mensaje o carta, tenerla allí tres meses, cierto. Pero nosotros descansar, no, tenemos que hacer un trabajo. Es decir ver cómo se hallan o están los tres lugares de los que somos gobernantes: París un mes, Austria un mes y Puerto Rico un mes.

Cuando mejore el clima, nos iremos.

¿Entiende?

                                           El duque  Carlos”

 

 

—   ¡Ahora lo entiendo! Bueno, voy con la duquesa Irene Parchitons.

Luego, al verla:

—   ¿Tardé mucho?— preguntó Robert.

—   No, ¿empezamos el camino?— dijo ella

—   Ahora mismo —

—   Es lindo el bosque, ¿no?— dijo él.

—   Sí, pero, ¿y tu madre?— preguntó Irene que estaba caminando sobre unas huellas. Se agacha para atarse el cordón de la zapatilla y ve las huellas.

—   ¡Mira Robert! ¡Estas pisadas! —

—   ¡Son de mi madre! ¡Sigámoslas!— dijo Robert. Siguieron las huellas, pero…¡de pronto habían desaparecido! Irene y Robert levantan las cabezas y ven un agujero y una cueva. Tuvieron que arrastrarse para entrar allí. Dentro, se irguieron, empezaron a caminar. Apenas habían dado tres pasos cuando vieron…

—   ¡Flores marchitas!— dijo Irene Marcela.

—   ¡A mi madre le gustan! Quizás sea una pista, sigámoslas—  dijo Robert.

Mientras seguían las flores en un lugar de la cueva, dos hombres hablaban:

—   ¡Qué idea genial tuviste, Joe, al simular estar muertos!— dijo Ned Barcs.

—   Sí, Ned — dijo Joe — la de atrapar a la madre y por ella pedir el palacio rojo como pago del rescate también fue una gran idea.

¡Eran los marinos del barco! Simularon morir ahogados pero escaparon nadando.

 

—   Robert, tú no me aclaraste por qué hay que buscar a tu madre ni de que se trataba — dijo Irene.

—   ¡Es cierto! Me olvidé: resulta que hace cinco días  mi madre se fue de paseo por el bosque y no ha regresado. Han pedido en una nota anónima de rescate el palacio. Pero antes decidí buscarla y para eso solicité tu ayuda. Y lo estás haciendo bien —.

 

Los dos siguieron la pista de las flores. Después de caminar mucho, llegaron a una arboleda y cerca escucharon gritos.

Se ocultaron tras unos robles.

—   ¡Usted por mí no conseguirá que le den  el palacio, vendrán a  salvarme, ya verá! — era una voz de mujer la que gritaba.

—   ¡Que veré! ¡El palacio! ¡ja, ja, ja!— dijo Ned Barcs.

—   ¡Cállese, o disparo!— gritó Joe apuntándole con un revolver.

Tras los robles:

— ¡Tenemos que darle el palacio!¡Tenemos que dárselo!— dijo Robert

—   ¡No, no! Si se lo damos tal vez no nos den a tu madre, porque se darán cuenta que vale más que eso, quizás rescate de dinero — dijo Irene.

—   ¿Sabes una cosa? Te amo — dijo Robert

—   Yo también— dijo Irene

Luego se abrazaron y se besaron escondidos entre los árboles, para que no los descubrieran.

Hicieron un plan para salvar a la madre de Robert: le quitarían las pistolas  sorpresivamente y los atarían, después se llevarían a la madre. A los raptores los encerrarían en la cueva, hasta que diesen aviso al duque, padre de Robert, los llevará al calabozo de la ciudad.

Los ladrones se sentaron sobre unas rocas para comer unos bocadillos con los revólveres a los costados.

Irene iba  a quitarle las armas, pero tropezó e hizo ruido.

—   ¿Qué fue eso?— preguntó Ned

—   ¡Miau, miau!— imitó Irene.

—   ¡Bah, es un gato que se metió por aquí!— dijo Joe.

Irene se movió en cuatro patas y les quitó las pistolas.

—   ¡Quietos ahí, o son coladores!— se quedaron bien quietitos. Robert apareció y desató a su madre y ató con la misma soga a los ladrones.

—   ¡Querida madre, estás a salvo! — dijo Robert.

—    Si hijo gracias a vos — dijo la madre.

—   También a la astucia de mi querida novia dijo Robert mirando a Irene.

—   ¡Ah, con que son novios, los felicito! — dijo la madre de Robert.

—   Gracias, señora— contestó Irene

 

Llegaron al palacio lentamente y avisaron al padre de Robert del encuentro de la madre. También le contaron del noviazgo y de los ladrones.

 

Después de dejar a la madre con el padre que la llevó a descansar, Robert dijo a Irene Marcela:

—   Tú tienes que quedarte aquí tres meses porque tu padre me lo

encargó —

—   ¿Por  qué? —  pregunta ella intrigada.

Robert le entregó el mensaje e Irene lo leyó. Luego dijo:

—   ¿Me quedaré aquí contigo?—

—   Sí— respondió Robert

—   ¡Qué bueno! Pero yo no sabía que fueran a hacer eso, pues me dijeron que lo harían el próximo año — contestó ella.

—   ¡Yo no entiendo a tus padres!— dijo Robert.

—   ¡Yo tampoco!— dijo Irene, y los dos rieron, aunque Irene sentía que su rostro se llenaba de lágrimas.

 

Días después Irene escribió a sus padres:

 

                         “Queridos padres:

                                                     ¿Cómo  están? ¿Qué tal les va en París? Yo aquí estoy muy bien, la paso muy divertido. No los extraño para nada, leemos y paseamos con el duque, somos novios. La misión esa, la que él me llamó era para salvar a la madre, que había sido raptada…¿saben por quienes?¡Por Ned Barcs y Joe! ¡Los marinos del barco que se hicieron los muertos! Ahora están presos. Bueno, los saludo y espero su respuesta.

 

                                                                  Irene Marcela”

 

—   ¿Qué estás haciendo Irene?— preguntó Robert que había  llegado silencioso.

—   Estoy escribiendo una carta a mis padres, ¿y tú qué haces?– responde ella.

—   Venía a buscarte para ir de caza y esta noche el baile que va a hacer mi madre —

—   Pongo la carta en el buzón y vamos—.

Fueron  al bosque pero no cazaron nada.

Regresaron y se prepararon para el baile que se realizaría a las nueve; eran las ocho.

A las nueve y media empezó el baile. Había mucha gente, hablaban, bailaban y se divertían como nunca antes.

Luego pusieron a  cada visitante solo y les sacaron fotos. A Irene también le sacaron una, estaba hermosa: con su cabello rojo suelto,  el vestido rojo con corazoncitos blancos en el ruedo, zapatos negros, chal blanco, coronilla de oro, guantes blancos, casi una duquesa roja muy sonriente. Terminó la noche.

A las dos semanas siguientes Irene recibió carta de sus padres:

                                                                                

                          “Querida hija:

                                               Nosotros estamos muy bien. En París tuvimos que arreglar algunos errores y creo que pronto estaremos en Austria. Con respecto al noviazgo estamos muy contentos, en cuanto a esos ladrones malvados nos parece correcto que estén presos.

En unos meses nos encontraremos. Cuídate.

                                                                             Carlos y Margarita.

 

Un año después, cuando los padres de Irene ya habían regresado y llegaron al palacio del duque, Irene y Robert se casaron.

Fueron muy felices juntos.       

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