sábado, 20 de julio de 2013
Amor propio
Carta
Liliana:
Tintinea el metal al girar en la cerradura del
departamento.
Me sonreís seductora al
verme, pero bien sé que tus labios no son para mí. Me enfurezco al adivinar que
tu mente recuerda al hombre con el que tuviste sexo anoche en un hotel
alojamiento. Es la tercera vez que pasa.
Te seguí desde tu trabajo cuando te fui a buscar, sorprendiéndote, para ir al cine.
Las llaves de tu corazón seguro no las tengo ya, pero
las de mi vivienda sí.
Me muerden el alma los dientes serruchados cuando los
cuelgo en el llavero adornado con tu rostro y el mío.
Tarareas una canción mientras sirves la cena. No me
dejo engatusar, ni trato de hablar con vos porque es inútil.
Mañana vendrá el cerrajero para cambiar la cerradura
cuando hayas salido. Tus cosas estarán en tus bolsos en el pasillo, esta
carta estará encima del bolso azul.
Te dejaré fuera
de mi vida con tus llaves gastadas. Estaré solo, pero no me faltara amor
propio.
Ariel
martes, 16 de julio de 2013
.
Hola queridos y estimados cibernautas:
Estas son mis fotos. Asi soy yo.
Desde el año 1998 en el que
tuvimos la primera computadora quise hacer un sitio web de literatura
con mis escritos inventados y reales: estas semanas lo hice y ya se
puede visitar y leer por internet: es un blog en vez de una pagina web.
Si a alguno le interesa publicar algo (poesías, cuentos,
ilustraciones, opiniones sobre la actualidad, sin insultos,
etc.) envíenmelos a este correo: setiembra74@gmail.com y aparecerán a la brevedad en el blog con sus nombres por supuesto. Por esto le puse el nombre de Las
letras encontradas, con la idea de acercarnos y acercarse a todo la literatura, ya que también se pueden leer las imágenes.
Saludos cordiales.
Eugenia
domingo, 14 de julio de 2013
El
caballero Rojo
Autora: Eugenia Sánchez
En el palacio del
duque, junto al cerco de los caballos, estaba la hija del duque mirando su hermoso
jardín de flores; cuando el padre la llamó:
—
¡Hija, ven! —
—
Si padre, ¿qué quieres?—
—
Cerca de aquí está el Mar Rojo…—
—
¿Es rojo el mar? — preguntó Irene Marcela.
—
No hija, se llama así, después está el palacio rojo se
llama así, allí vive, en el palacio el caballero rojo, que tiene problemas y me
pidió a mí que vayas a ayudarlo, si estás de acuerdo…—
—
¿Yo, para qué? —
—
No sé hija, pero creo que deberías ir, él nos hizo un
favor y yo se lo quiero devolver —.
—
¿Y qué favor hizo?—
—
En salvarte a ti de un malvado. Él tenía trece años y
tu también, el te salvó la vida —
—
¡Ah! ¡Entonces iré con gusto! ¿Cuándo? —dijo Irene
Marcela.
—
Mañana cruzarás el Mar Rojo en un barco, de allí
saldrás al palacio rojo y allí…veremos— le dijo el padre.
—
Bueno padre, me voy a acostar. Hasta mañana papá —
dijo Irene Marcela.
—
Hasta mañana, querida hija —
A la mañana
siguiente, Irene estaba lista para salir, el barco era del duque. En él iban el
duque, su hija y su esposa.
Irene casi siempre se hallaba en cubierta
mirando las hermosas aguas del Mar Rojo, cuando oyó hablar a dos marineros:
— Mañana nos iremos
de este maldito barco, Ned Barcs—
—
Si Joe, y así robaremos el tesoro del caballero rojo—.
Irene luego de oír
esta conversación, entró en su camarote y se puso a pensar, “¿qué harían esos
ladrones en el barco? ¿ éste es el problema del caballero rojo? Nada sé de eso,
después investigaré, me voy a dormir una siesta”.
Mientras Irene
dormía, el padre y la madre hablaban:
—
¿Irene irá sola con el caballero rojo?— dijo la
duquesa Margarita.
—
Si querida — contestó el duque Carlos.
—
¿Irene habrá descubierto quiénes son los ladrones
marinos?— preguntó de nuevo Margarita.
—
No sé querida, si los hubiera des…—
—
¡Señor duque! ¡Llegamos al lugar!¡Ya terminó el viaje
en barco!¡Y los ladrones están muertos!—
—
¡Qué alivio! Pero cómo fue…— interrogó el duque.
—
Escuchamos gritos. Habían caído al agua, después no
los vimos más y supusimos que se ahogaron...—
—
Margarita
despierta a Irene — agregó luego Carlos.
Entró en el
camarote.
— Marcela, levántate,
terminó el viaje en barco y los ladrones están muertos— dijo.
—
¡Cuánto me alegro! ¿Ya llegamos?¿Sigo sola el viaje?—.
—
Si a los dos preguntas, ven a cubierta —
—
Hija, toma esta nota y dásela al caballero rojo cuando
llegues.
Se
saludaron.
Irene bajó del barco
y se dirigió con su equipaje al auto que
la esperaba, arrancó y se puso en marcha.
El trayecto fue muy
agradable al palacio rojo. De pronto vio una torre roja e Irene creyó que era
el palacio del caballero, va mirando la torre y cuando ya llegó al palacio se detuvo el carro. Bajó con sus maletas. Tocó
un timbre:
—¿Está el caballero
rojo?— preguntó cuando le abrieron
—Si señorita, ¿Qué
quiere?—
—
El caballero rojo me invitó a su palacio— dijo Irene
—
Pase — el señor la guió hasta un salón. Allí estaba el
caballero rojo y…
—
¡Ah! ¡Hola señorita! ¿sus padres están bien?—
—
¡Hola señor…! Después de tantos años olvidé su nombre…—
—
Robert es mi nombre y el nombre de nobleza, por
decirlo de alguna manera, es Caballero Rojo, que pertenece a mi familia desde
hace muchos años — le recordó él
—
Tengo veinticinco años y usted también — dijo ella.
—
No debió ser
tan prolongada la pausa. Me alegro de verla nuevamente— contestó.
—
Mis padres están bien. ¡Ah! Mi padre dijo que le
entregase esta nota —
El señor Robert la
agarró y la leyó:
“Querido Robert:
Cuida
bien a mi hija. ¿Puede ella quedarse allí tres meses, porque nosotros queremos
descansar para atender asuntos importantes? ¿Qué le parece?
El señor Carlos”
El duque puso una
expresión extraña al leer la carta, pero luego se le borró y dijo a Irene:
—
Necesito tu ingenio. Mi madre está perdida y te he pedido que vinieras para que me ayudes a
buscarla. ¿Quieres?—
—
Si, duque— respondió Irene.
—
¡Muy bien! Mañana saldremos. ¿Quieres comer algo?— le
preguntó Robert cuando entraban al comedor con la cena ya lista.
—
Si, señor. Apenas almorcé. El largo viaje admirando el
bello paisaje y el aire marino me han
provocado un apetito constante. – Irene se percató de que estaba
hambrienta.
—
Ya recuperarás las fuerzas— dijo Robert sonriendo.
—
Estaba
intrigada. En el barco se hallaban unos ladrones que quizás se ahogaron —
agregó Irene. Robert la escuchaba pensativo:
—
Es preocupante — dijo.
Irene Marcela y el
duque empezaron a comer.
A la hora Irene en
la habitación que le tenían lista pensó
mientras guardaba sus cosas: “¿porqué tenía esa expresión rara en los ojos
cuando leyó la carta de mi padre?¿Porqué la miraba con ‘buenos ojos’? Vamos,
vamos Irene que tu también lo mirabas con ‘buenos ojos’”. Al rato se metió en
la cama y se durmió.
Robert en su
habitación meditaba: “¿Porqué el padre de Irene quería descansar mientras se
ocupaba de sus asuntos? Ridículo”.
Escribió la
respuesta que decía:
“Querido duque:
Mis saludos. Pero podríamos aclarar algo. ¿Por qué quiere que yo tanga a Irene Marcela aquí
tres meses? ¿Por qué ustedes quieren
descansar? Espero su respuesta.
El duque
Roberto”
Ya que el mar estaba
revuelto, la envió con un mensajero esperando que aún los encontrase en el
puerto antes de marcharse del país.
Las palabras:
“quedarse allí tres meses”, “queremos descansar” le resonaban en la cabeza. Eso
le hizo tener sueño y al instante se durmió.
A la mañana
siguiente se presentó Irene vestida con pantalón corto, remera corta, un
sombrero, medias y zapatillas y una campera, su cabellera pelirroja estaba atada en una trenza. Robert estaba esperándola y vestía camisa
manga corta, pantalón corto, sombrero, medias y zapatillas. Buscaron luego una
cantimplora con agua fresca. Se saludaron y fueron a desayunar.
— ¡Qué rico está el
desayuno!— dijo Irene.
—
Sí, y se ve que tenías hambre — dijo Robert
Ambos rieron.
Después fueron a saludar al padre del Caballero rojo o sea del duque Roberto.
—
¡Hola padre!— dijo Roberto
—
¡Hola hijo! ¿qué tal señorita?— dijo Miguel, que así
se llamaba el padre de Robert.
—
Muy bien, señor. ¿Y usted?— preguntó ella.
—
Bien — contestó.
—
¿Irene, puedes esperarme afuera? Tengo algunos asuntos
que hablar — dijo Robert.
—
Claro, hasta luego —.
—
Padre, ¿sabes una cosa? Le amo — dijo Robert.
—
Ya lo sé hijo, llegó un mensaje para ti —.
—
Gracias padre —
dice Robert. Agarra el mensaje y lo lee:
“Señor duque:
Mis saludos.
Creo que no me expliqué bien en el anterior mensaje o carta, tenerla allí tres
meses, cierto. Pero nosotros descansar, no, tenemos que hacer un trabajo. Es
decir ver cómo se hallan o están los tres lugares de los que somos gobernantes:
París un mes, Austria un mes y Puerto Rico un mes.
Cuando mejore el
clima, nos iremos.
¿Entiende?
El
duque Carlos”
—
¡Ahora lo entiendo! Bueno, voy con la duquesa Irene
Parchitons.
Luego, al verla:
—
¿Tardé mucho?— preguntó Robert.
—
No, ¿empezamos el camino?— dijo ella
—
Ahora mismo —
—
Es lindo el bosque, ¿no?— dijo él.
—
Sí, pero, ¿y tu madre?— preguntó Irene que estaba
caminando sobre unas huellas. Se agacha para atarse el cordón de la zapatilla y
ve las huellas.
—
¡Mira Robert! ¡Estas pisadas! —
—
¡Son de mi madre! ¡Sigámoslas!— dijo Robert. Siguieron
las huellas, pero…¡de pronto habían desaparecido! Irene y Robert levantan las
cabezas y ven un agujero y una cueva. Tuvieron que arrastrarse para entrar
allí. Dentro, se irguieron, empezaron a caminar. Apenas habían dado tres pasos
cuando vieron…
—
¡Flores marchitas!— dijo Irene Marcela.
—
¡A mi madre le gustan! Quizás sea una pista,
sigámoslas— dijo Robert.
Mientras seguían las
flores en un lugar de la cueva, dos hombres hablaban:
—
¡Qué idea genial tuviste, Joe, al simular estar
muertos!— dijo Ned Barcs.
—
Sí, Ned — dijo Joe — la de atrapar a la madre y por
ella pedir el palacio rojo como pago del rescate también fue una gran idea.
¡Eran los marinos
del barco! Simularon morir ahogados pero escaparon nadando.
—
Robert, tú no me aclaraste por qué hay que buscar a tu
madre ni de que se trataba — dijo Irene.
—
¡Es cierto! Me olvidé: resulta que hace cinco días mi madre se fue de paseo por el bosque y no ha
regresado. Han pedido en una nota anónima de rescate el palacio. Pero antes
decidí buscarla y para eso solicité tu ayuda. Y lo estás haciendo bien —.
Los dos siguieron la
pista de las flores. Después de caminar mucho, llegaron a una arboleda y cerca
escucharon gritos.
Se ocultaron tras
unos robles.
—
¡Usted por mí no conseguirá que le den el palacio, vendrán a salvarme, ya verá! — era una voz de mujer la
que gritaba.
—
¡Que veré! ¡El palacio! ¡ja, ja, ja!— dijo Ned Barcs.
—
¡Cállese, o disparo!— gritó Joe apuntándole con un
revolver.
Tras los robles:
— ¡Tenemos que darle
el palacio!¡Tenemos que dárselo!— dijo Robert
—
¡No, no! Si se lo damos tal vez no nos den a tu madre,
porque se darán cuenta que vale más que eso, quizás rescate de dinero — dijo
Irene.
—
¿Sabes una cosa? Te amo — dijo Robert
—
Yo también— dijo Irene
Luego se abrazaron y
se besaron escondidos entre los árboles, para que no los descubrieran.
Hicieron un plan
para salvar a la madre de Robert: le quitarían las pistolas sorpresivamente y los atarían, después se
llevarían a la madre. A los raptores los encerrarían en la cueva, hasta que
diesen aviso al duque, padre de Robert, los llevará al calabozo de la ciudad.
Los ladrones se
sentaron sobre unas rocas para comer unos bocadillos con los revólveres a los
costados.
Irene iba a quitarle las armas, pero tropezó e hizo
ruido.
—
¿Qué fue eso?— preguntó Ned
—
¡Miau, miau!— imitó Irene.
—
¡Bah, es un gato que se metió por aquí!— dijo Joe.
Irene se movió en
cuatro patas y les quitó las pistolas.
—
¡Quietos ahí, o son coladores!— se quedaron bien
quietitos. Robert apareció y desató a su madre y ató con la misma soga a los
ladrones.
—
¡Querida madre, estás a salvo! — dijo Robert.
—
Si hijo gracias
a vos — dijo la madre.
—
También a la astucia de mi querida novia dijo Robert
mirando a Irene.
—
¡Ah, con que son novios, los felicito! — dijo la madre
de Robert.
—
Gracias, señora— contestó Irene
Llegaron al palacio lentamente y avisaron al
padre de Robert del encuentro de la madre. También le contaron del noviazgo y
de los ladrones.
Después de dejar a la madre con el padre que la
llevó a descansar, Robert dijo a Irene Marcela:
—
Tú tienes que quedarte aquí tres meses porque tu padre
me lo
encargó —
—
¿Por qué? — pregunta ella intrigada.
Robert le entregó el
mensaje e Irene lo leyó. Luego dijo:
—
¿Me quedaré aquí contigo?—
—
Sí— respondió Robert
—
¡Qué bueno! Pero yo no sabía que fueran a hacer eso,
pues me dijeron que lo harían el próximo año — contestó ella.
—
¡Yo no entiendo a tus padres!— dijo Robert.
—
¡Yo tampoco!— dijo Irene, y los dos rieron, aunque
Irene sentía que su rostro se llenaba de lágrimas.
Días después Irene
escribió a sus padres:
“Queridos padres:
¿Cómo están? ¿Qué tal les va en
París? Yo aquí estoy muy bien, la paso muy divertido. No los extraño para nada,
leemos y paseamos con el duque, somos novios. La misión esa, la que él me llamó
era para salvar a la madre, que había sido raptada…¿saben por quienes?¡Por Ned
Barcs y Joe! ¡Los marinos del barco que se hicieron los muertos! Ahora están
presos. Bueno, los saludo y espero su respuesta.
Irene Marcela”
—
¿Qué estás haciendo Irene?— preguntó Robert que
había llegado silencioso.
—
Estoy escribiendo una carta a mis padres, ¿y tú qué
haces?– responde ella.
—
Venía a buscarte para ir de caza y esta noche el baile
que va a hacer mi madre —
—
Pongo la carta en el buzón y vamos—.
Fueron al bosque pero no cazaron nada.
Regresaron y se
prepararon para el baile que se realizaría a las nueve; eran las ocho.
A las nueve y media
empezó el baile. Había mucha gente, hablaban, bailaban y se divertían como
nunca antes.
Luego pusieron
a cada visitante solo y les sacaron
fotos. A Irene también le sacaron una, estaba hermosa: con su cabello rojo
suelto, el vestido rojo con corazoncitos
blancos en el ruedo, zapatos negros, chal blanco, coronilla de oro, guantes
blancos, casi una duquesa roja muy sonriente. Terminó la noche.
A las dos semanas
siguientes Irene recibió carta de sus padres:
“Querida hija:
Nosotros estamos muy bien. En París tuvimos que arreglar algunos errores
y creo que pronto estaremos en Austria. Con respecto al noviazgo estamos muy
contentos, en cuanto a esos ladrones malvados nos parece correcto que estén
presos.
En unos meses nos
encontraremos. Cuídate.
Carlos y Margarita.
Un año después,
cuando los padres de Irene ya habían regresado y llegaron al palacio del duque,
Irene y Robert se casaron.
Fueron muy felices
juntos.
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