lunes, 3 de febrero de 2014

Encuentro de febrero


Mis turistas

A lo largo de mi orilla ondulada veo y oigo a los turistas en verano. Los siento estremecerse cuando se sumergen en mis aguas frías y volteantes, se ríen y gritan pero sin miedo, lo hacen por diversión. Son mis turistas que vienen, casi todos los años en la época de más calor en su tierra natal, a las ciudades de mi costa.

En los diferentes balnearios, en el puerto salado miran los animales marinos y los barcos pesqueros, observan a los marineros  arreglando las redes de pesca.

Soy parte de sus vidas por un breve lapso de tiempo: están paseando en maya, ojotas, sin relojes pero con celulares, descansan de  sus trabajos y obligaciones, se sacan fotos y también filman lo que ocurre: los aviones que hacen piruetas en el aire, a sus hijos jugando con el movedizo oro caliente de arena, nadando en mí, saludan a los parientes que no vinieron y sonríen a las cámaras para verse durante el invierno, para recordar lo bien que la pasaron en las vacaciones durante el año agobiado de tareas rutinarias.

En algunos momentos del día el viento que produzco los hace temblar de frío, pero con el sol les resulta hermoso sentarse en las reposeras.

Después del crepúsculo se alejan y puedo descansar: toco la arena, hablo con ella, me responde; llevo su contestación al océano, y la suya regresa a la orilla de nuevo una y otra vez. Los caracoles nos traen novedades de las plazas y calles de la ciudad. Estamos siempre en contacto.

Durante las horas nocturnas mi color  está salpicado por el blanco de la espuma; en el día es verde, ocre o gris; pero de noche soy tan oscuro que reflejo la luna llena plateada. Sabiendo que ella pide a mis lobos guardianes de piedra  (y ellos obedecen) sobre la rambla de la playa más concurrida que  vigilen a mis turistas mientras pasean por la peatonal, entran en el casino o caminan sobre la arena de mis playas, yo descanso tranquilo: en ese momento disfruto de mis horas de vacaciones.

Pero a veces ¡me siento tan solo…haré que algunos de mis turistas se quede a hacerme compañía!

 

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Encuentro anticipado de enero


Día del trabajador

Para ganar el sueldo hay que soportar situaciones que pocas veces gustan, para existir como se planea.

De eso vivo: de sueldos, de movimientos de dinero. Me dan, devuelvo algo,  recibo más, una parte me retiran.

Casi nunca me siento vacío. Casi siempre deben cuidar de que esté repleto. Si estoy sin efectivo, se producirá una crisis laboral de mis usuarios.

Algunos días me toquetean tanto que me da asco ver personas.

Todas se acercan por interés, ninguna me demuestra afecto, ni siquiera en este día me traen regalos. Me siento muy miserable. Me sumerjo en la oscuridad toda la noche.

sábado, 7 de diciembre de 2013

¡¡Feliz año nuevo!!


Encuentro de diciembre: ¡¡Felices fiestas!!




El beso

Se despedían. Estaba oscuro.

Él, médico, agitando su mano derecha

algo dijo.

Ella, paciente, nada oyó,

sonreía apretando los labios.

De pronto sintió en la mejilla

casi en el labio superior

un beso mojado.

Ni el ni ella lo planearon.

Beso no pedido, beso no esperado.

Ella se fue preguntándose porque

le daba un beso ese día,

si antes se saludaban dándose

las manos derechas.

¿Beso no planeado?

Ella pensó si lo volvería a  ver

ya que él viajaba pronto.

Nunca más se vieron.

¿Él la recuerda? Ella a él sí.

Ella maldijo su inexperiencia,

deseó que se repitiera el beso

pero no pudo ocurrir.

El maldijo que se retirase tan rápido

ella ese día y que él se marchase

de viaje.

¿Beso inesperado?

¿Beso no pedido?

Un beso que fue robado.

El beso

viernes, 1 de noviembre de 2013

Encuentro de noviembre


  Las ciudades fluviales

Estaba caminando por el bosque hacia el río; había árboles de hojas naranjas llenos de pájaros cantando. Amanecía. El cielo estaba rojo. Noté que quedaban pocos árboles de hojas verdes. La tierra del planeta, en su mayor parte, era roja oscura.

Tenía puesto el traje impermeable para sumergirme, observé alrededor, me coloqué sobre la cara la mascarilla conectada al tubo respirador; entonces me dirigí al medio del río. Floté y nadé bajo el agua fría sin templar aun por el calor primaveral.

El aire en el tubo me duraría cuatro horas, era bastante: me alcanzaba para intercambiar los alimentos que llevaba por los exquisitos peces, los cuales nos abastecerían durante tres semanas. Lo que guardé en mi mochila eran dos kilos de lechuga y tres kilos de zanahoria de la ciudad terrestre para hacer el trueque por los atunes, salmones y los peces que el río tuviera ahora.

Desde hacia cien años los humanos vivíamos cerca de los ríos profundos sobre la superficie terrestre y también debajo del agua. Algunos seres humanos y otros animales habían involucionado hasta recuperar la capacidad de respirar bajos el agua, o sea del lugar que surgimos y el oxígeno fue veneno para ellos, por esta circunstancia tuvieron que vivir debajo del agua; los demás respirábamos sólo oxígeno por lo tanto construimos poblaciones cerca de las orillas de los ríos en los que había  ciudades subacuáticas.

Me distrajeron de mis recuerdos dos peces Filoxes, cuya boca era como una navaja afiladísima, que se acercaban hacia mí. Me rodearon. Apuntaban con su boca mi mochila y mi tubo respirador. Saqué mi cuchillo de la mochila para defenderme porque sabía que esos peces solían cortar el tubo entre la mascarilla sobre la nariz y el recipiente que contenía el oxígeno; lancé tres estocadas, que fueron esquivadas, recién a la cuarta y a la quinta los maté.

Me amargué porque la sangre derramada atraería peces más feroces, aunque asimismo me alegré ya que conseguí dos peces más para alimentar a los habitantes de mi ciudad o para intercambiar con otras ciudades. Los até en una red y los puse dentro del conservador que siempre llevaba en los trueque.

Nadando rápido me alejé del sitio. Al poco rato distinguí la ciudad a la cual me dirigía, zigzaguee entre las primeras casas. Me detuve en el negocio de comida, revisé el reloj sumergible y todavía tenía media hora de oxígeno. Entré a la cámara adaptadora entre ambientes interiores y exteriores, del río a una construcción, aun con la mascarilla puesta, apreté el botón de comunicación y  Mirio el intercambiador, me hizo pasar a una sala. Charlamos sobre el clima, las novedades de nuestras respectivas ciudades y nuestros conocidos. Le pedí atunes, ofreciéndole las verduras que había llevado. Se hizo el trueque y guardé los peces adquiridos en el conservador.
Luego de unos minutos, empecé a despedirme, y justo a tiempo me acordé de contarle del ataque de los peces, éste se preocupó y dijo que avisaría a la vigilancia fluvio- zonal. Le estreché la mano. Salí del negocio, comencé a nadar regresando a la orilla del río hacia mi ciudad terrestre.

viernes, 4 de octubre de 2013


Encuentro de Octubre


La corbata

El payaso Lalo trabajaba en la peatonal Florida.

Aunque hacía reír con sus piruetas y sus animales de globo siempre había nostalgia representada  por la lágrima negra debajo del ojo derecho, en su rostro maquillado de blanco. Además contaba chistes pero no sonreía nunca. A mí no me gustaba esa contradicción de emociones.

Se vestía  casi como un arco iris, la manera de combinar colores no la envidiarían los diseñadores ni los pintores: llevaba sobre el pelo amarillo un gorro verde, me usaba a mí que soy azul y naranja (sí, yo soy hermosa, me considero digna de un modelo de Cartier en vez de un ridículo payaso), un gran pantalón verde y rojo, saco azul brillante con lunas blancas, camisa celeste y zapatones naranjas. Comparándolo con algunos modelos que solían ser delgados y vestidos con ropa oscura, no tenía elegancia.

Una y otra vez pensaba en ahorcarlo con mi nudo azul y naranja.

Un  día no aguanté más: la tarde en que decidí hacerlo realmente era muy calurosa. Lalo trató de aflojarse el nudo, pero me apreté más fuerte alrededor de la garganta. No le permití hablar ¡Cómo gesticulaba!

Sentí un gran alivio cuando unas manos me desataron alejándome de él. Me dejaron en el suelo. Vi que le hacían respiración boca a boca.

Me patearon los enfermeros de la ambulancia. De pronto una corriente de aire me levantó, volé entre los edificios y llegué a las ramas de un árbol de  una plaza. ¡Estaba libre al fin!