La realidad
hallan sin hojas.
Elsa con la cartera sale de la
casa. Cierra con llave la puerta. Mira el cielo y se pregunta si con la blusa, el saco de hilo y la pollera
estará demasiado elegante. Repiquetean los tacos de sus zapatos cuando camina hacia
la estación del ferrocarril.
El tren que llega es relativamente nuevo, tiene algunas palabras pintadas
con aerosol y sus vidrios están enteros aunque algo sucios. Está casi lleno y
se sacude, ve que una pasajera de pie
lee absorta, concentrada un libro. A
pesar de las curvas no se agarra de las manijas y sin embargo no se tambalea.
Milagros de la lectura. Parece que la
novela, “El capitán Artemio Furia”, está buenísima. En un momento del viaje
puede sentarse. Se oye un suspiro de alivio, se ignora si es de ella misma que
al fin puede descansar o de las demás personas porque así se evitan posibles
tropezones. Otros también de pie hojeaban apresurados un periódico de edición
gratuita antes de que el tren arranque. Cuando éste se puso en movimiento
entonces se agarran de las argollas colgantes de los barrotes fijos al techo.
Durante el recorrido el vagón se
vacía porque los pasajeros descienden.
En una estación sube un vendedor ambulante que
pregona: “compren pan para cuando lleguen a casa y tomen unos mates”.
Lleva una gran canasta de mimbre, que apoya en el suelo del tren, con pan de
salvado, roscas y pan blanco.
— Sólo faltaría que venda yerba, termos y nos cebe mates mientras
viajamos. — murmura un pasajero al que está al lado y se ríen.
Elsa piensa redactar los hechos
en un cuento.
El tren llegará a su destino terminal: Los Trigales y
pronto emprenderá el regreso hacia el extremo opuesto de su recorrido. Las
bocinas suenan estridentes. Elsa desciende en una estación intermedia: Gabriela
Mistral. Una persona que entra al vagón
la empuja haciéndola tambalear y casi suelta la cartera. Elsa dice:
— ¡Sin empujar! ¡Hay lugar! —
Escucha una disculpa. Se aparta
del tren, que parte. Baja del andén; en la vereda ella coloca nuevamente la cartera sobre el hombro y descubre que el cierre está abierto. Se asombra,
reconoce que es distraída, pero no tanto. No logra recordar si antes de salir
de la casa había dejado la cartera abierta o cerrada. Da unos pasos hacia la
plaza y se sienta en un banco. Revisa el contenido: están la llave, el celular,
la entrada al teatro y nota que le falta
la billetera. Es el menor problema que
tiene. Exclama en voz baja: “¡Maldita sea!”, insultando por lo ocurrido. Había
$30 dentro; por suerte el boleto de ida y vuelta del viaje en tren lo guardó en
el bolsillo de la blusa. Se pregunta si no se olvidó la billetera antes de salir…porque
suele llevar el dinero del boleto en algún bolsillo. Al mirar en su muñeca el
reloj pulsera, ve que no está; piensa: “no importa, siempre me funcionan mal,
compro otro”. Siente que le han robado, además del reloj y la billetera, muchas
posibilidades y ni siquiera se dio cuenta. Las lágrimas le resbalan por
las mejillas.
Camina por la plaza. La calesita
tiene pocos chicos. En la modernidad parece un juego casi adecuado para
un museo.
Se tranquiliza y sigue su paseo, fijándose si en algún negocio solicitan
empleados porque no tiene trabajo, así presentaría en otra oportunidad un
currículo.
En una balanza de una
farmacia dos personas se toman la
presión sin subirse a la misma evitando pesarse, y después observan el comprobante
impreso. Alguien espera que la misma se desocupe. Cuando observan que un
desconocido se pesa, éste oye que dicen: “¿Qué?”. Murmuran. Luego cada uno
vuelve a la balanza y se pesan. El desconocido que había aguardado su turno y
los miraba anteriormente, se sonríe.
Elsa llega al teatro a escuchar un concierto clásico de guitarras
criollas para el cual había sacado la entrada quince días antes.
Entra; por una hora más o menos
olvidará que hace un mes la echaron del
trabajo por reducción de personal. Ha buscado y buscará otro empleo, confiando
que los periódicos publiquen avisos clasificados sin errores. Hasta que lo
consiga, tiene algunos pesos ahorrados y también espera que el padre le
prestará dinero, lo que pueda.
Ayer jugó a la lotería como todas
las semanas y sueña con que tal vez algún día, un día ganará el premio. Piensa
que un día tendrá muchísimo, muchísimo dinero, por los cuentos que escribe o
por la lotería; y entonces no tendría que hacer más frustrantes colas esperando
entrevistas para hacer encuestas o quien sabe qué.
Una vez sentada pone la cartera
sobre la falda. Llegó justo. Mira la hora en el celular y lo apaga a pesar de que no tiene línea telefónica y de que espere que la llamen de algún empleo.
La iluminación se atenúa. Los músicos entran y se sientan en el escenario. Afinan las guitarras.
Se oyen los primeros compases.
Suspira. Un día, algún día tendrá muchísimo dinero.
