El
pan de cada día
Había
estado toda la madrugada bailando en un boliche.
Se levantó a las tres de la tarde. Luego de
ducharse y vestirse fue a la cocina a desayunar
tostadas con manteca y café.
Silbando puso la pava a hervir. Se acercó a la mesa
para cortar en rodajas el pan. Sorprendido vio que la bolsa de plástico con el
pan no estaba sobre la mesa.
— Cuando volví de bailar comí un miñón. ¿Adónde
está el pan? — preguntó quejoso en voz alta
al aire.
La voz de la madre le respondió desde el comedor:
— En un budín que será el postre de la cena de
hoy —.
Él resopló. La madre agregó:
— Te encanta el budín, aunque ahora tengas hambre
y estés molesto, en la cena te alegrás, Diego. Salí ahora y comprá más pan —.
Diego sacó la pava de encima de la hornalla.
Agarró veinte pesos de la billetera en su campera colgada tras la puerta de
entrada y dijo:
— ¿Adónde hay una panadería abierta un domingo a
esta hora por aquí?—
— En el supermercado. Está abierto todo el día
hasta las 22 horas. — contestó la madre.
Diego salió de la casa. Caminó tres cuadras y
llegó al supermercado. Entró. Lo acobardaron las colas ante las cajas para
pagar lo comprado. Eligió en el sector de los panificados cuatro facturas, de
vicio para el matecito de la tarde, medio kilo de pan blanco con abundante miga para hacer unas grandes tostadas y un cuarto de dulce de leche; se dirigió valientemente
juntando paciencia hacia las filas delante de las cajas registradoras.
— Permiso — le pidió una vieja que apenas lograba
empujar un carrito lleno de alimentos.
Se corrió.
Por la calefacción se adormeció y los carritos
moviéndose entre las filas sonaban como espadas afiladísimas peleando
dispuestas a saquear el molino para conseguir harina, amasar pan y calmar el
hambre.
Alguien
le avisó que debía avanzar. Se despabiló y se adelantó. La fila se movía lento.
Le tocó a él. Puso en la banda los alimentos.
La empleada le dijo:
— ¿Efectivo o tarjeta? —
— Efectivo — Contestó. El total era diecinueve
pesos. Diego le entregó el billete de veinte pesos y guardó todo en una bolsa.
— ¡Ay! Me faltan monedas— dijo la cajera: — ¿no
quiere comprar otra cosa?—
— ¡¿Qué?! ¡Con un peso nada más, no me alcanza ni
para chicles! — exclamó Diego. Su estomago gruñía hambriento.
La empleada le pidió monedas a otro cajero, quien le dio algunas; ésta le
dio el vuelto a Diego, que caminó a zancadas hasta la salida.
Llegó a su casa. Puso otra vez la pava a
calentar. Cortó el pan en rodajas y las tostó. Probó una cucharadita de dulce
de leche.
Sacó las tostadas del fuego, untó una con manteca
y la mordió. Crujió.