Mis
turistas
A lo largo de mi
orilla ondulada veo y oigo a los turistas en verano. Los siento estremecerse
cuando se sumergen en mis aguas frías y volteantes, se ríen y gritan pero sin
miedo, lo hacen por diversión. Son mis turistas que vienen, casi todos los años
en la época de más calor en su tierra natal, a las ciudades de mi costa.
En los diferentes
balnearios, en el puerto salado miran los animales marinos y los barcos
pesqueros, observan a los marineros arreglando las redes de pesca.
Soy parte de sus
vidas por un breve lapso de tiempo: están paseando en maya, ojotas, sin relojes
pero con celulares, descansan de sus
trabajos y obligaciones, se sacan fotos y también filman lo que ocurre: los
aviones que hacen piruetas en el aire, a sus hijos jugando con el movedizo oro
caliente de arena, nadando en mí, saludan a los parientes que no vinieron y
sonríen a las cámaras para verse durante el invierno, para recordar lo bien que
la pasaron en las vacaciones durante el año agobiado de tareas rutinarias.
En algunos momentos
del día el viento que produzco los hace temblar de frío, pero con el sol les
resulta hermoso sentarse en las reposeras.
Después del
crepúsculo se alejan y puedo descansar: toco la arena, hablo con ella, me
responde; llevo su contestación al océano, y la suya regresa a la orilla de
nuevo una y otra vez. Los caracoles nos traen novedades de las plazas y calles
de la ciudad. Estamos siempre en contacto.
Durante las horas
nocturnas mi color está salpicado por el
blanco de la espuma; en el día es verde, ocre o gris; pero de noche soy tan
oscuro que reflejo la luna llena plateada. Sabiendo que ella pide a mis lobos
guardianes de piedra (y ellos obedecen) sobre
la rambla de la playa más concurrida que
vigilen a mis turistas mientras pasean por la peatonal, entran en el
casino o caminan sobre la arena de mis playas, yo descanso tranquilo: en ese
momento disfruto de mis horas de vacaciones.
Pero a veces ¡me
siento tan solo…haré que algunos de mis turistas se quede a hacerme compañía!


