Mi amiga Penélope
A
los cuarenta y cinco años me propongo
casarme y formar una familia. Espero hace cinco años, que mi príncipe azul que
vive a la vuelta de la esquina se fije en mí, pero no ocurre.
Para olvidarlo hice otras amistades y comencé
a relacionarme con otros hombres pero me
enamoro de varios al mismo tiempo.
Soy
bibliotecaria y trabajo por las mañanas en una biblioteca de una sociedad de
fomento. También me dedico a escribir, publiqué varios libros y me conocen bastante
en el ambiente literario, combinando ambas ocupaciones me alcanza para vivir y logro
ahorrar unos mangos.
Una de esas mañanas recorriendo estantes para
acomodar libros recordé a Troya, a Ulises y a Penélope: comparé la trama de un
tejido con la trama de un cuento y al anochecer llamé por teléfono a cada uno
de mis pretendientes diciéndoles que cuando terminase un cuento de suspenso me
casaría con el que haya adivinado cuales eran mis sentimientos al escribirlo.
Así
que aquí estoy, buscando noticias policiales para inspirarme en los periódicos,
la tele e internet y escribo lo que se me ocurre; o sea tejiendo y destejiendo palabras como Penélope
de Ítaca tejía de día y destejía de
noche lana y hebras de tela de oro con la semejanza de que yo escribo de día y
de noche borro y cambio todo porque no me gustó lo que inventé, porque en el fondo no quiero perder mi libertad de
soltera, diferenciándome de Penélope (a
quien considero una amiga) ya que estaba casada y no se sentía viuda, sabía que
su esposo Ulises estaba vivo y que regresaría a Ítaca, por lo tanto no aceptaba
casarse con otro.
Cada
uno de mis pretendientes dicen que él es el hombre de mi vida y algunos con
lágrimas y otros con rosas quieren que desista de esa tonta idea de terminar el
cuento y luego casarme con quien perciba lo que sentí, ya que la idea les
resulta ridícula y la escritura les parece eterna. Respondo que si quieren
vivir conmigo deben aceptar que la escritura sea eterna porque a eso me dedico,
así como aceptan que la luna está en el cielo.
El
sábado vino mi vecina y amiga Luisa a tomar unos mates con facturas, y la
charla es últimamente sobre el mismo tema: me dice que yo estoy loca, que
porque doy tantas vueltas para casarme…me dice también: ‘cásate y si no resulta
bien divórciate, es lo que hacen todos’. Yo contesto:”los abogados se llevarían
todo lo que gano, por el dinero que hay que pagar para cambiar el estado civil
de casada a divorciada, entonces prefiero saber bien lo que siento”.
Y
responde:”entonces júntate Mabel, así ves cómo se llevan conviviendo antes de
casarse”.
“Eso
ya lo tengo en cuenta, pero no sé con cual quiero tener ese proyecto de vida”
le respondo indecisa.
Ya
cansada de tratar de razonar conmigo agrega como si fuese una jueza: “si tardás
tanto en elegir, te quedarás sin ninguno, me parece que vos ya estás casada con tu escritura”.
Para
zafar de contestarle agrediéndola, mastico lentamente una factura.
Así transcurrieron los meses, entre sílabas y
pretendientes.
Hace
dos semanas recibí una carta de un primo de mi padre: tiene más de sesenta años
y decía no hallarse en condiciones de criar a su hijita de dos años, y me pide
que acepte la custodia de la criatura, que le preocupa el futuro de la misma ya
que a él le quedan poco ánimo (porque su
esposa había muerto) y pocos años de vida. Incluía los datos del abogado con
quien debería contactarme si yo aceptaba
ser la tutora.
Mi
vida está dando un giro inesperado y
emocionante.
Me
puse en contacto con el abogado, me contó de la vida de ellos, vi fotos de mi
primo y de Elizabeth (la criatura mencionada en la carta) y ya decidí
adoptarla.
Me
asombró la rapidez de la misma. Pero bueno, me dije a mí misma, a veces ni los padres biológicos saben cómo
criar a sus hijos, así que tomé el toro por las astas, y con internet y mi biblioteca tengo de donde obtener ayuda
para ser una buena madre.
Está
viviendo conmigo; le puse de segundo nombre: Penélope, como un homenaje a la
antigua tejedora de Ítaca.
Al
enterarse de la adopción, mis otros pretendientes se alejaron lentamente unos y
muy veloces otros, todavía estoy
escribiendo el cuento de suspenso; pero ahora no me interesa que adivine alguna
persona lo que siento.
Aproveché
las entrevistas con el abogado que se
ocupó de los trámites legales de la adopción, para sonsacarle datos de algún
caso violento de divorcio para escribir más cuentos policiales, porque es divorciado,
guapo y muy agradable.
Resulta
que no me casé, pero tengo una hija. Vemos al padre de Melisa cada tanto para
que ella no esté asustada con el cambio de tener madre y le sea fácil
aclimatarse.
El
sábado iremos al cine con el abogado, Raúl, (sí, con un abogado, yo que pienso
que se llevan todo el dinero cuando las parejas se divorcian) mientras mi amiga
Luisa cuida a Elizabeth Penélope.