domingo, 10 de agosto de 2014



       

 

La realidad

 

 
El cielo está despejado. Sopla una leve brisa cálida. Las ramas de los árboles se

 hallan sin hojas.

Elsa con la cartera  sale de la casa. Cierra con llave la puerta. Mira el cielo y se pregunta  si con la blusa, el saco de hilo y la pollera estará demasiado elegante. Repiquetean los tacos de sus zapatos cuando camina hacia la estación del ferrocarril.   

El tren que llega es relativamente nuevo, tiene algunas palabras pintadas con aerosol y sus vidrios están enteros aunque algo sucios. Está casi lleno y se sacude,  ve que una pasajera de pie lee absorta, concentrada un libro.  A pesar de las curvas no se agarra de las manijas y sin embargo no se tambalea. Milagros de la lectura.  Parece que la novela, “El capitán Artemio Furia”, está buenísima. En un momento del viaje puede sentarse. Se oye un suspiro de alivio, se ignora si es de ella misma que al fin puede descansar o de las demás personas porque así se evitan posibles tropezones. Otros también de pie hojeaban apresurados un periódico de edición gratuita antes de que el tren arranque. Cuando éste se puso en movimiento entonces se agarran de las argollas colgantes de los barrotes fijos al techo.

Durante el recorrido el vagón  se vacía porque los pasajeros descienden.

En una estación sube un vendedor ambulante  que  pregona: “compren pan para cuando lleguen a casa y tomen unos mates”. Lleva una gran canasta de mimbre, que apoya en el suelo del tren, con pan de salvado, roscas y pan blanco.

— Sólo faltaría que venda yerba, termos y nos cebe mates mientras viajamos. — murmura un pasajero al que está al lado y se ríen.

 Elsa piensa redactar los hechos en un cuento.

 El tren  llegará a su destino terminal: Los Trigales y pronto emprenderá el regreso hacia el extremo opuesto de su recorrido. Las bocinas suenan estridentes. Elsa desciende en una estación intermedia: Gabriela Mistral. Una persona que entra al vagón  la empuja haciéndola tambalear y casi suelta la cartera. Elsa  dice:

— ¡Sin empujar! ¡Hay lugar! —

 Escucha una disculpa. Se aparta del tren, que parte. Baja del andén; en la vereda ella coloca nuevamente  la cartera sobre el hombro  y descubre que el cierre está abierto. Se asombra, reconoce que es distraída, pero no tanto. No logra recordar si antes de salir de la casa había dejado la cartera abierta o cerrada. Da unos pasos hacia la plaza y se sienta en un banco. Revisa el contenido: están la llave, el celular, la entrada al teatro  y nota que le falta la billetera.  Es el menor problema que tiene. Exclama en voz baja: “¡Maldita sea!”, insultando por lo ocurrido. Había $30 dentro; por suerte el boleto de ida y vuelta del viaje en tren lo guardó en el bolsillo de la blusa. Se pregunta si no se  olvidó la billetera antes de salir…porque suele llevar el dinero del boleto en algún bolsillo. Al mirar en su muñeca el reloj pulsera, ve que no está; piensa: “no importa, siempre me funcionan mal, compro otro”. Siente que le han robado, además del reloj y la billetera, muchas posibilidades y ni siquiera se dio cuenta. Las lágrimas le resbalan por las  mejillas.

Camina por la plaza. La calesita  tiene pocos chicos. En la modernidad parece un juego casi adecuado para un museo. 

Se tranquiliza y sigue su paseo, fijándose si en algún negocio solicitan empleados porque no tiene trabajo, así presentaría en otra oportunidad un currículo.

 En una balanza de una farmacia  dos personas se toman la presión sin subirse a la misma evitando pesarse, y después observan el comprobante impreso. Alguien espera que la misma se desocupe. Cuando observan que un desconocido se pesa, éste oye que dicen: “¿Qué?”. Murmuran. Luego cada uno vuelve a la balanza y se pesan. El desconocido que había aguardado su turno y los miraba anteriormente, se sonríe.

Elsa llega al teatro a escuchar un concierto clásico de guitarras criollas para el cual había sacado la entrada quince días antes.

Entra; por una hora  más o menos olvidará que hace un mes  la echaron del trabajo por reducción de personal. Ha buscado y buscará otro empleo, confiando que los periódicos publiquen avisos clasificados sin errores. Hasta que lo consiga, tiene algunos pesos ahorrados y también espera que el padre le prestará dinero, lo que pueda.

Ayer jugó  a la lotería como todas las semanas y sueña con que tal vez algún día, un día ganará el premio. Piensa que un día tendrá muchísimo, muchísimo dinero, por los cuentos que escribe o por la lotería; y entonces no tendría que hacer más frustrantes colas esperando entrevistas para hacer encuestas o quien sabe qué.

Una  vez sentada pone la cartera sobre la falda. Llegó justo. Mira la hora en el celular y lo  apaga a pesar de que  no tiene línea telefónica y de que  espere que la llamen de algún empleo.

La iluminación se atenúa. Los músicos entran y se sientan en  el escenario. Afinan las guitarras.

 Se oyen los primeros compases.

Suspira. Un día, algún día tendrá muchísimo dinero.

domingo, 6 de julio de 2014

Encuentro de julio




El enemigo

El enemigo  por la ventana se asoma.

Se fija en tu cara blanca y pecosa,

observa  tu cabeza

y lo que está dentro de ella.

Te escondés en la oscura pieza

tras el armario y luego bajo la cama.

Pero no hay manera.

Igual te persigue ese enemigo que te quemará.

Tu rostro está ardiente:

es culpa del sol,  enemigo de tu piel,

que te mira por la ventana.  

domingo, 1 de junio de 2014

Encuentro de junio



El beso

Se despedían. Estaba oscuro.

Él, médico, agitando su mano derecha

algo dijo.

Ella, paciente, nada oyó,

sonreía apretando los labios.

De pronto sintió en la mejilla

casi en el labio superior

un beso mojado.

Ni el ni ella lo planearon.

Beso no pedido, beso no esperado.

Ella se fue preguntándose porque

le daba un beso ese día,

si antes se saludaban dándose

las manos derechas.

¿Beso no planeado?

Ella pensó si lo volvería a  ver

ya que él viajaba pronto.

Nunca más se vieron.

¿Él la recuerda? Ella a él sí.

Ella maldijo su inexperiencia,

deseó que se repitiera el beso

pero no pudo ocurrir.

El maldijo que se retirase tan rápido

ella ese día y que él se marchase

de viaje.

¿Beso inesperado?

¿Beso no pedido?

Un beso que fue robado.

El beso

 

viernes, 9 de mayo de 2014

Encuentro de mayo


Incógnita

 

 

Un extraterrestre llegó del planeta Sirius durante el año cuatro mil quinientos en una nave de un pasajero con propulsión de cohete.

El traje espacial era oscuro y fino como la piel.

 Ya que Marte y Júpiter se mencionaban en unos cuantos relatos, mientras que su planeta y su especie eran ignorados, consultó su agenda multielectrónica galáctica averiguando direcciones de escritores.

 Como estaba furioso por ese desprecio, mató a muchos escritores    con una lapicera de pluma afilada, propiedad de la primera de sus víctimas. Con  un disparador láser desintegró parcialmente varios textos electrónicos y de papel.

   Instantáneamente la Televisión  cesó de emitir su programación, porque no tuvo guionistas.

  Según lo que se escuchó por la radio, después de producirse la calma y disminuido el pánico por no poder ver la tele, el motivo de tal circunstancia y de esos crímenes nunca se supo.   

  El nativo de Sirius, como una nube vaporosa, regresó  a su tierra.

martes, 1 de abril de 2014

martes, 4 de marzo de 2014


Encuentro de marzo


Mi amiga Penélope

 
A los cuarenta y cinco años  me propongo casarme y formar una familia. Espero hace cinco años, que mi príncipe azul que vive a la vuelta de la esquina se fije en mí, pero no  ocurre.

 Para olvidarlo hice otras amistades y comencé a  relacionarme con otros hombres pero me enamoro de  varios al mismo tiempo.

Soy bibliotecaria y trabajo por las mañanas en una biblioteca de una sociedad de fomento. También me dedico a escribir, publiqué varios libros y me conocen bastante en el ambiente literario, combinando ambas ocupaciones me alcanza para vivir y logro ahorrar unos mangos.

 Una de esas mañanas recorriendo estantes para acomodar libros recordé a Troya, a Ulises y a Penélope: comparé la trama de un tejido con la trama de un cuento y al anochecer llamé por teléfono a cada uno de mis pretendientes diciéndoles que cuando terminase un cuento de suspenso me casaría con el que haya adivinado cuales eran mis sentimientos al escribirlo.

Así que aquí estoy, buscando noticias policiales para inspirarme en los periódicos, la tele e internet y escribo lo que se me ocurre; o sea  tejiendo y destejiendo palabras como Penélope de Ítaca  tejía de día y destejía de noche lana y hebras de tela de oro con la semejanza de que yo escribo de día y de noche borro y cambio todo porque no me gustó lo que inventé, porque  en el fondo no quiero perder mi libertad de soltera, diferenciándome  de Penélope (a quien considero una amiga) ya que estaba casada y no se sentía viuda, sabía que su esposo Ulises estaba vivo y que regresaría a Ítaca, por lo tanto no aceptaba casarse con otro.

Cada uno de mis pretendientes dicen que él es el hombre de mi vida y algunos con lágrimas y otros con rosas quieren que desista de esa tonta idea de terminar el cuento y luego casarme con quien perciba lo que sentí, ya que la idea les resulta ridícula y la escritura les parece eterna. Respondo que si quieren vivir conmigo deben aceptar que la escritura sea eterna porque a eso me dedico, así como aceptan que la luna está en el cielo.

  El sábado vino mi vecina y amiga Luisa a tomar unos mates con facturas, y la charla es últimamente sobre el mismo tema: me dice que yo estoy loca, que porque doy tantas vueltas para casarme…me dice también: ‘cásate y si no resulta bien divórciate, es lo que hacen todos’. Yo contesto:”los abogados se llevarían todo lo que gano, por el dinero que hay que pagar para cambiar el estado civil de casada a divorciada, entonces prefiero saber bien lo que siento”.

Y responde:”entonces júntate Mabel, así ves cómo se llevan conviviendo antes de casarse”.

“Eso ya lo tengo en cuenta, pero no sé con cual quiero tener ese proyecto de vida” le respondo indecisa.

Ya cansada de tratar de razonar conmigo agrega como si fuese una jueza: “si tardás tanto en elegir, te quedarás sin ninguno, me parece que vos ya  estás casada con tu escritura”.

Para zafar de contestarle agrediéndola, mastico lentamente una factura.

Así  transcurrieron los meses, entre sílabas y pretendientes.

Hace dos semanas recibí una carta de un primo de mi padre: tiene más de sesenta años y decía no hallarse en condiciones de criar a su hijita de dos años, y me pide que acepte la custodia de la criatura, que le preocupa el futuro de la misma ya que a él le quedan poco ánimo (porque  su esposa había muerto) y pocos años de vida. Incluía los datos del abogado con quien debería contactarme si  yo aceptaba ser la tutora.

Mi vida está dando un giro  inesperado y emocionante. 

Me puse en contacto con el abogado, me contó de la vida de ellos, vi fotos de mi primo y de Elizabeth (la criatura mencionada en la carta) y ya decidí adoptarla.

Me asombró la rapidez de la misma. Pero bueno, me dije a mí misma,  a veces ni los padres biológicos saben cómo criar a sus hijos, así que tomé el toro por las astas, y con internet y  mi biblioteca tengo de donde obtener ayuda para ser una buena madre.

Está viviendo conmigo; le puse de segundo nombre: Penélope, como un homenaje a la antigua tejedora de Ítaca.

Al enterarse de la adopción, mis otros pretendientes se alejaron lentamente unos y muy veloces otros, todavía  estoy escribiendo el cuento de suspenso; pero ahora no me interesa que adivine alguna persona lo que siento.

Aproveché las entrevistas con el abogado  que se ocupó de los trámites legales de la adopción, para sonsacarle datos de algún caso violento de divorcio para escribir más cuentos policiales, porque es divorciado, guapo y muy agradable.

Resulta que no me casé, pero tengo una hija. Vemos al padre de Melisa cada tanto para que ella no esté asustada con el cambio de tener madre y le sea fácil aclimatarse.

El sábado iremos al cine con el abogado, Raúl, (sí, con un abogado, yo que pienso que se llevan todo el dinero cuando las parejas se divorcian) mientras mi amiga Luisa cuida a Elizabeth Penélope.