Arlequín
Suena la
música. Es la fiesta de disfraces de Año Nuevo de la Asociación Amigos del Baile
que se realiza todos los años.
El salón está iluminado por las luces, por los
reflejos de las mismas en los espejos y
en las coloridas ropas.
Por una de las ventanas abiertas que dan al
jardín entra una brisa fresca, llena de aromas silvestres.
De pie
entre otras personas disfrazadas hay un hombre delgado, cuyos cabellos son negros y sus ojos son
azules, vestido de Arlequín. Mira en uno
de los espejos del salón su negro sombrero triangular de terciopelo, lo acomoda
y revisa todo su atuendo buscando alguna
mancha. Tiene una camisa manga larga sin botones y un pantalón gris diseñados
en rombos: algunos oscuros y otros más
claros, con encaje blanco en el cuello y
en los bordes de las mangas, calza zapatos
negros. Lleva atada en el cuello una capa blanca que le cubre la espalda. Aguarda
y piensa si quizás esta vez ganará o perderá el premio: un viaje de dos semanas
a una bahía brasileña con la estadía y el traslado todo pago, donado por una
agencia de turismo.
¿Será víctima o triunfador? Su rostro se nota
preocupado por si su aspecto es atractivo o vulgar y también por lo que ocurrirá.
Espera. Se anuncia que ganaron los premios en
disfraces femenino y masculino: un vampiro y una sirena. Suspira.
Alguien dice a su lado:
—
Una flor
para su ojal —
Se da vuelta. Ve a una mujer que tiene ojos
negros y cabello rubio enrulado suelto. Lleva puesto un vestido celeste
plateado con volados semejante a un clavel, sandalias blancas y cuelga de su brazo una canastilla de mimbre
en la que hay muchos claveles.
—
Mi traje
no tiene ojal, pero podría atarla en el cordón de la capa — dice él, mientras
lo hace.
Entonces le responde ella con una mueca risueña:
—
Es una
expresión decir que es para el ojal. Le doy un clavel a cada uno de los
presentes. Parece entristecido por perder. Mi disfraz se denomina Clavelina.
—
Muy
creativo. Es un engaño esta fiesta — dice Arlequín amargado.
—
Oh, hay
cosas peores. Pienso que todos debajo de los disfraces de brujas, vampiros o
magos queremos ocultar por un momento quienes somos y olvidarnos de nuestros
errores. Quizá ilusión sería la palabra
adecuada: cada uno al estar aquí imagina
transformar sus vidas para siempre… pero pocos lo logran. Por eso se me
ocurrió regalar flores. Yo planeo divertirme, me parece que esa es la idea de
la fiesta — contesta Clavelina.
—
Quería
ganar. La diversión se ha frustrado. Si
hubiera sido un vampiro…— dice él.
Ella responde:
— Tal vez lo consiga en otra oportunidad— y se
aleja distribuyendo claveles.
Arlequín la mira. Decide aprovechar el presente y luego la alcanza:
—
Retribuyo
su regalo con esta capa. No tengo otra cosa — dice, entregándole la capa y
sostiene el clavel en su la mano.
Clavelina se asombra…aunque pone la misma en la canastilla.
Se miran. Luego de un rato están bailando.
Arlequín le pide el número de teléfono a
pesar de que no tiene en donde anotarlo pero le dice que lo recordara y lo
repite varias veces en voz alta. Ambos se ríen.
Bailan dos o tres piezas.
Es el comienzo de un hermoso romance.
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