viernes, 3 de abril de 2015

Encuentro de abril


 
Arlequín

 

Suena la música. Es la fiesta de disfraces de Año Nuevo de la  Asociación Amigos del Baile que se realiza todos los años.

El salón está iluminado por las luces, por los reflejos  de las mismas en los espejos y en  las coloridas ropas.

Por una de las ventanas abiertas que dan al jardín entra una brisa fresca, llena de aromas silvestres.

 De pie entre otras personas disfrazadas hay un hombre delgado,  cuyos cabellos son negros y sus ojos son azules, vestido de  Arlequín. Mira en uno de los espejos del salón su negro sombrero triangular de terciopelo, lo acomoda y revisa todo su atuendo buscando  alguna mancha. Tiene una camisa manga larga sin botones y un pantalón gris diseñados en rombos: algunos oscuros y otros  más claros, con encaje blanco en  el cuello y en los bordes de las mangas,  calza zapatos negros. Lleva atada en el cuello una capa blanca que le cubre la espalda. Aguarda y piensa si quizás esta vez ganará o perderá el premio: un viaje de dos semanas a una bahía brasileña con la estadía y el traslado todo pago, donado por una agencia de turismo.

¿Será víctima o triunfador? Su rostro se nota preocupado por si su aspecto es atractivo o vulgar y también por lo que ocurrirá.

Espera. Se anuncia que ganaron los premios en disfraces femenino y masculino: un vampiro y una sirena.  Suspira.

Alguien dice a su lado:

—   Una flor para su ojal —

Se da vuelta. Ve a una mujer que tiene ojos negros y cabello rubio enrulado suelto. Lleva puesto un vestido celeste plateado con volados semejante a un clavel, sandalias blancas  y cuelga de su brazo una canastilla de mimbre en la que hay muchos claveles.

—   Mi traje no tiene ojal, pero podría atarla en el cordón de la capa — dice él, mientras lo hace.

Entonces le responde ella con una mueca risueña:

—   Es una expresión decir que es para el ojal. Le doy un clavel a cada uno de los presentes. Parece entristecido por perder. Mi disfraz se denomina Clavelina.

—   Muy creativo. Es un engaño esta fiesta — dice Arlequín amargado.

—   Oh, hay cosas peores.  Pienso que todos  debajo de los disfraces de brujas, vampiros o magos queremos ocultar por un momento quienes somos y olvidarnos de nuestros errores. Quizá ilusión sería la  palabra adecuada: cada uno al estar aquí imagina  transformar sus vidas para siempre… pero pocos lo logran. Por eso se me ocurrió regalar flores. Yo planeo divertirme, me parece que esa es la idea de la fiesta — contesta Clavelina.

—   Quería ganar.  La diversión se ha frustrado. Si hubiera sido un vampiro…— dice él.

Ella responde:

— Tal vez lo consiga en otra oportunidad— y se aleja distribuyendo claveles.

Arlequín la mira. Decide aprovechar el  presente y luego la alcanza:

—   Retribuyo su regalo con esta capa. No tengo otra cosa — dice, entregándole la capa y sostiene el clavel en su la mano.

Clavelina  se asombra…aunque pone  la misma en la canastilla.

Se miran. Luego de un rato están bailando. Arlequín le pide el número de teléfono  a pesar de que no tiene en donde anotarlo pero le dice que lo recordara y lo repite varias veces en voz alta. Ambos se ríen.

Bailan dos o tres piezas.

Es el comienzo de un hermoso romance.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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