domingo, 2 de octubre de 2016






Misterio





Llegan a  la casa una noche helada después de pasar por el

         pueblo Mar de las Ostras, una señora mayor y un señor de mediana edad, que  serán huéspedes de “la casa del acantilado” como se la llamaba  antes de ser un hotel.

 El aire caliente del interior es animador después de la ventisca.

Una vez  con la llave de la habitación en mano, suben las escaleras. La señora dueña del hotel, Berta, los guía.

— ¿Tuvieron buen viaje? — les pregunta ella.

— Si, gracias. El trayecto en tren fue rápido. Lo molesto es el frío — responde el hombre.

La hotelera, delante de una habitación, dice:

— La calefacción es nueva. Es una casa  vieja remodelada,  agradable para el descanso. Ya van a ver ustedes lo que disfrutaran de su estancia — abrió la puerta, continuó: —Aquí dormirán, hay otra habitación al lado. Las comunica una puerta de paso…si no les molesta, claro—. Mueve las manos, balbucea la última palabra.

— Estará bien. Somos hermanos— dijo la señora.

La hotelera sonríe. Desliza la cortina y les hace admirar el paisaje  iluminado por la luna.

El hermano de la vieja  dirige sus ojos negros hacia ella y le dice:

— Mañana saldré. Le pediría que me despierte a las ocho-.

— Está bien — le responde ésta.  

La  señora  pone una maleta antigua de cuero  cerrada con una correa sobre la cama. El hermano la observa  y su boca se tuerce en una mueca de amargura.

 Hace con la mano un gesto de despedida a las mujeres y  luego se dirige con su equipaje hacia el otro cuarto. Desde la entrada de la habitación  es lo último que ve la hostelera.  Se despide con unas palabras corteses que no son oídas y cierra la puerta despacio.

Baja las escaleras, atraviesa el salón y entra en la cocina. Allí está el esposo que cena una porción de pollo con batatas, las manos que sostenían los cubiertos son callosas.

Ella tiene una idea. Se la comunica a él:

— Uno de los nuevos huéspedes, la señora, viaja con una  valija de la cual asoma en un descuido la mitad de un billete, debe estar llena de dinero…— comenta ella

Se produce un silencio. Él la mira y luego le dice:

— No puedes asegurar que toda la maleta esté sólo llena de billetes, también llevará otros elementos. Pero igual te escucho Berta,  ¿qué sugieres?—.

— Si sólo fueran billetes.¿Cómo tiene  una vieja tanto dinero, alguna herencia? Podríamos quitarle algunos…— susurra la mujer.

— Tal vez sea rica. Cálmate. Antes esperemos que nos pague su estadía. Invertimos mucho tiempo y dinero en los arreglos generales, no será todo inútil, al pedo. Recuerda que el crédito pedido al banco vence en dos años, por mes pagamos y devolvemos el dinero con intereses. Podremos resolverlo— dice él.

— Pero, es una posibilidad, Juan. Antes de estar sin un cobre. Ocurriría un accidente y el dinero sería nuestro— insiste ella.  Pincha con el tenedor una batata cortada.

— ¡Deliras! Te olvidas del hermano. Es el  hambre y la preocupación lo que  te provoca decir eso. Come que se enfría, te sentirás mejor. En los fines de semana y en las vacaciones vendrán muchos turistas, tendremos más huéspedes y ganaremos dinero— dice él.

— Ojala — dice ella, suspira y despacio termina su porción.



Al atardecer siguiente, la vieja sale a pasear a pie. Recorre las calles del lugar y se acerca hacia el borde del acantilado. Admira la hermosa vista. El sol naranja se oculta y alumbra  el mar revuelto en espuma. Nota el rumor de las olas al romper en las piedras  de la orilla y las gaviotas.

 De repente oye el motor de un auto, que acelera y se acerca hacia ella. El auto la atropella. Grita mientra cae metros abajo. Se hunde en el mar. Está muerta.

El auto dobla y desaparece del camino. Las gaviotas vuelan alto.

Otro auto se estaciona un momento. El conductor las contempla. Luego, el vehículo con un chirriar sigue su trayecto.

En la plaza principal del pueblo Juan se detiene antes de cruzar la calle y entrar en una tienda. Allí hay un señor calvo, afeitado, de panza tan redonda como su cabeza y manos blancas endurecidas. Al verlo entrar, pone la pipa en el cenicero sobre el mostrador:

— Buenas tardes, señor. ¿En qué puedo ayudarle?— dice.

— Buenas tardes. Necesito quince juegos de sábanas de una plaza, veinte manteles individuales y una docena de toallas chicas. Con mi esposa decidimos mejorar nuestro hotel —sonríe Juan.

El empleado retira de los estantes a su espalda y pila encima del mostrador los elementos pedidos, los mete en una bolsa y se la entrega.

— Listo. Acá está la cuenta, señor —le dice a  Juan cuando le entrega el ticket con el precio total.

— Gracias— contesta éste. Paga con dos billetes de cien pesos y sin esperar el cambio, sale.

       — ¡Eh, señor, su vuelto!-— exclama el empleado. Pero Juan estaba fuera.

De la trastienda se escuchan pasos rápidos y cortitos. Una mujer delgada y de cabellos grises rizados aparece y dice:

— ¡Ese era el del hotel, que seguro debe estar casi vacío! ¿Qué le dio por comprar cosas?¿Porqué sale él y no la mujer?¡Y se cree que  lo que compró  lo va a necesitar! ¿La vieja que el otro día entró a la panadería y preguntó si había  algún hotel alejado del pueblo, estará ahí? ¡Ay, no me siento bien, vos y tu pipa!¡No deberías fumar aquí dentro! Voy a dar una vuelta para refrescarme y de paso saludo a doña Inés. No tardo mucho, querido—.

 La curiosidad de la esposa suele  marearlo.

— Está bien, Hilda —responde él mientras piensa que en  los alrededores cualquier suceso es motivo de mucha repercusión, mientras agarra  la pipa y la enciende.  Sale a la vereda y fuma. El humo lo envuelve.

Doña Hilda encuentra a doña  Inés en la plaza  junto con  tantos otros y empiezan a hablar.

A Juan se lo ha visto en otros negocios.

—Me dijo don Pancho que pagó con un billete grande — dice doña Inés.

—En lo de Pepe también — comenta alguien.

— Tantos gastos juntos de repente. Y no se acordó de esperar el cambio-— dice doña Hilda.

— ¡Qué curioso!— exclama doña Inés.

Días después un señor alto de ojos negros  acrecienta la emoción, es el hermano de la vieja. Pregunta por todos lados si no hubo algún herido reciente en la zona. ¿Busca a la señora que llegó hace poco al hotel?, le dice doña Hilda. Las bocas apuradas le cuentan; así  se entera de los chismes que hay en el pueblo. Don Pancho le sugiere hablar con la policía local. Así lo hace y luego regresa al hotel preocupado.

En el camino piensa: “cuando volví  mi hermana  ya no estaba en el hotel y aún hoy tampoco está, entonces ¿dónde estará? Realmente no me interesa mucho. Fue siempre tan amarga y tacaña con su plata, poco bondadosa; aunque es raro que si se ha ido no  se haya llevado todo el dinero, porque en la maleta hay menos billetes. Debo saber qué es lo que ocurrió. Si no la encuentro el dinero será mío. ¿Qué me impresionó de todo lo que me dijeron? ¡Claro! Los hoteleros  tienen un crédito el cual deben pagar con intereses”.

El hotel esta silencioso. Encuentra a Berta en la cocina, que toma un té. Cuando lo ve, se le resbala la  taza que se rompe al caer contra el suelo. El té caliente le quema las piernas. Chilla. Al rato llega el esposo.  El hermano de la vieja observa los rasgos de ambos. Les pregunta si ella les había dicho algo y si  sabrían adónde podría encontrarla.

— También la buscamos. Tiene que abonarnos su estadía. Ignoramos adónde se halla ahora —contesta Juan pálido.

El hermano de la vieja le dice que le pagará al día siguiente, también comenta que había avisado a  la policía, que ésta investigaría y  que  también le recomendaron quedarse hasta tener novedades. Berta recuerda la expresión del hombre la noche de su llegada y siente lástima por él; sin reflexionar y por costumbre hotelera le sugiere que pasee por la orilla del mar. Éste murmura que lo haría quizá cuando hiciese menos frío. Luego regresa a su habitación, dónde llora.

Poco tiempo después en la playa de otra ciudad marítima Bahía Azul la policía  halla el cuerpo de la vieja. La corriente lo había arrastrado. Este hecho  genera una controversia entre los habitantes de la zona.

— ¿Ve doña Inés, las atrocidades que ocurren en estas épocas?— dice doña Inés.

— ¡Qué barbaridad! Espero que esa pobre mujer haya sufrido poco. Me pregunto cómo murió… —responde don Pancho.

— La forma en que murió esa señora tal vez nunca se resuelva. Quizás se tiró ella misma. Aunque supongo que alguien la mató en otro lado y luego la ahogó…pero quién fue, tal vez nunca se resuelva el misterio. Con ese billete de la maleta mostrándoselo a todo el mundo. Y el hotelero que gastó y pagó en esa forma, ni se acordará que le debe al banco. La policía  debe creer  que uno de nosotros fue el culpable, pero no tiene manera de probarlo.  Dense cuenta será horrible vivir con esa duda  —expresa doña Hilda.

-— ¡Doña Hilda! ¡No diga esas cosas, a veces el dinero no es lo más importante! Yo opino que ella misma decidió tirarse del acantilado —dice doña Inés  molesta al pensar que alguien pudiera considerarla capaz de realizar semejante crueldad.

-— Y el hermano  aún sigue aquí. Esperará conocer alguna muchacha bonita,  pobre —dice don Pancho.

— ¡No sea tan compasivo! Ese debería irse. Nada de pobre. ¡Tiene el dinero de la hermana! ¡Quién sabe si no fue él el que la mató! — murmura doña Hilda.

— Pero él pudo haberlo hecho en cualquier otro momento —dice don Pancho.

Murmuran. Predomina la opinión de doña Inés. Las sombras del atardecer en la plaza ocultan los rostros.

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