Brunilda
Brunilda es una bruja petisa, de cabellos grises y desgreñados que le
cubren la espalda. Los dientes están
llenos de manchas.
Usa un bonete puntiagudo desflecado fucsia y un vestido amarillo
fluorescente porque no le gusta vestirse de negro. Vive en una cabaña de dos
habitaciones, hecha con gruesos troncos de árboles y una chimenea de piedra de
la que a veces sale humo, en el bosque cercano al pueblo más grande e
importante de la zona. Cultiva plantas con las que prepara cremas para olvidar los fracasos y las penas,
también bebidas que ella hechiza para enamorar y para recordar, que luego vende por muchos pueblos en su escoba voladora y cobra en efectivo.
Un atardecer se encuentra en el jardín después de guardar las hierbas frescas empaquetadas y
frascos pequeños de vidrio llenos de líquidos en un
bolso y sube a la vieja y gastada escoba. Se sienta sobre el palo, lo inclina y
dice la palabra “elévate” para despegar del suelo cuando de improviso cruje y
se quiebra la madera. Cae de cola sobre la tierra húmeda y lanza una
exclamación disgustada. Tiene que salir ya que el crepúsculo y el aire nocturno producido por el vuelo son
los ingredientes fundamentales para el propósito de las fórmulas mágicas y si camina tardará mucho.
Habla sola mientras mira en el jardín si hay alguna rama de los árboles para
reemplazar el palo dañado pero son muy delgadas y también reponer el manojo de
pequeñas ramas atadas al mango para barrer
y que en su escoba mejoran la
dirección del vuelo.
Entra a la cabaña, agarra su monedero y sale rumbo a la parada del colectivo,
indecisa sobre la conveniencia de trasladarse en ese transporte, el cual pronto llega. Brunilda sube y saca el
boleto.
Se sienta. Escucha que alguien dice: “…es una gitana…el vestido es
rídiculo”
Algunos de los pasajeros la observan. Se
escucha una risa nerviosa y un grito ahogado.
Hay murmullos y miradas furtivas hacia
Brunilda en el colectivo. Ésta se
retuerce aferrada al bolso. Piensa: “el colectivo será muy útil, pero ¡caramba! Yo soy una bruja, uso escoba.” No tolera que
la confundan con una gitana. Brunilda hace los buenos hechizos y maleficios
según la ocasión y no adivina el futuro viendo la palma de la mano como
aseguran hacerlo las gitanas, por lo tanto no entiende porque algunas personas piensan, a veces, que es una
gitana.
Cuando desciende del colectivo camina por el pueblo. Hay una avenida
principal con muchos negocios y en las calles que la cruzan se ven casas
de ladrillo o de piedra de una planta y
de dos pisos. Los árboles cubren algunas
ventanas. Ya oscurece. La luna brilla en el cielo. Las personas con las que tiene que
encontrarse secretamente en diferentes lugares, que esperan sus pociones y cremas, hoy no las
aceptan. Al ver la escoba a veces le preguntan desconcertados y risueños en los
pueblos por qué lleva una escoba cuando
sale, no será que se le ocurra barrer las calles; entonces ella les contesta
que quizás lo hará, como tantas mujeres que barren las veredas y agrega que es
su amuleto de la buena suerte.
Siente que fue un día perdido porque le falta el amuleto, o
sea, la escoba.
Al regresar cena y después
quejándose busca con una linterna en el bosque una rama gruesa con la cual
reparar la escoba. Finalmente halla lo que necesita aunque tenga que tallarla
bastante para utilizarla. Exclama alegre “abracadabra, patas de cabra” mientras
regresa a la cabaña. Allí corta las hojas de la rama y con un cuchillo le quita
la corteza.
Piensa: “considero que esta pausa inesperada mejorará mis hechizos. Iré
de vuelta al pueblo cuando termine”.
Cuatro días después la escoba está lista.
Brunilda con su bolso lleno de frascos con pociones sube en ella. Mira
la luna pidiéndole buena suerte.
Dice: “elévate”. Despega del suelo. Brunilda ríe triunfalmente cuando asciende por el aire y
gira hacia el pueblo.
A partir de entonces Brunilda tiene muchas escobas de repuesto y está
vendiendo muchos brebajes. La magia de los hechizos aumentó. En los pueblos la
conocen como “la vieja del sombrero fucsia y la escoba” que les salva los
amores, les borra los malos recuerdos y los errores.