sábado, 11 de febrero de 2017

Encuentro de febrero


Noche chocolate

Estoy transpirando.

Faltan unos minutos para

Que se encienda la magia.

En el cine aguardo la película

Con un chocolate con maní

Noche chocolate

Historia fantástica

No es cine sin chocolate

Mi alma brilla como estrellas

Y quisiera un mate

Pero es

Noche chocolate

Estreno eterno

Artilugio ingenioso

Film distrayente

Todo es posible

Con mi chocolate

domingo, 15 de enero de 2017

Encuentro de enero 2017


Arte  dramático

El teatro es cálido. Las butacas son de felpa azul. El escenario es grande. Las cortinas son negras. El profesor comienza la clase mientras los alumnos se sientan en el suelo del escenario.

-Bien. Hoy vamos a representar algo inusual. Cinco de ustedes serán cosas o personas que escuchan un ruido y se esconden en el armario. Raúl representaras a Hamlet que por seguir una voz, la del padre, se esconde; Roque vos sos un niño de cinco años que se esconde porque tiene miedo de que el padre le pegue; Rita harás  de Dora la tarotista del pueblo: te ocultas porque las energías están concentradas en el placard ; Ignacio vos sos Mr. Smith, un investigador privado que sigue rastros y siente pasos en la casa y  presa del pánico se esconde y Julio vos sos un policía que espera dentro del placard para sorprender al asesino. Actuaran cinco minutos  cada uno y los demás hacemos de público. Empieza Raúl-

Por momentos se siente la atmosfera de Dinamarca, el llanto de una criatura, las fluctuaciones del aire en torno a las manos de Rita, se ve el brillo de una lupa, y se escuchan dos disparos. Todos los actores respiran  ajetreados después de su acto y se sientan.

El público aplaude. El profesor sonríe.

-          ¿Les hizo pensar en Narnia, el León, la bruja y el ropero el ejercicio? Esa es la idea. Entrar a otra dimensión aunque sea por un rato-

Algunos murmullos se escuchan.

-          ¿Qué sintieron?- 

Los cinco coinciden en que dar la sensación de estar dentro de un armario no es agradable, y tener que ser creibles desde allí les resultó  difícil.

El profesor asiente.

De pronto se cortó la luz. Gritos. El profesor dice que se queden quietos, prende un encendedor y va hacia atrás de la escena.

Mueve la térmica y vuelve la luz.

-          ¿Están bien?-

-          Si-

-          Bueno, sigamos. Esperen, ¿adónde están Raúl, Roque, Rita, Ignacio y Julio?-

Los llaman, después gritan sus nombres pero no aparecen. Retorciéndose las manos se miran, uno se deja caer al piso.

El profesor agarra su celular y llama a la policía. Cuando éstos llegan les explica lo sucedido. Los buscan, pero no los encuentran. Todos tiemblan y se van a sus casas aterrados.

El profesor suspira y se sonríe torcidamente.  Ha salido todo como el planeó.

viernes, 9 de diciembre de 2016

¡¡¡Felices fiestas!!! 2016

Encuentro de diciembre


El caballo de arena del Gran Mago

Soñó que viajaba mucho y que llegaba a una ciudad legendaria.

Una muralla la rodeaba. Era de noche y muchos hombres murmuraban, iban y venían muy concentrados.

Vio una construcción de madera, grande y parecida a el.

Se dio cuenta de que era un caballo gigante.

Curioso, logró pasar desapercibido y entró al caballo de madera. Sentía como si fuera su primo.

Los hombres se metieron dentro del caballo. Éste se movia. Luego se abrió una compuerta y los hombres salian. El caballo los siguió.

Vio una batalla entre los que, después supo, eran aqueos y troyanos. Pero los aqueos habían planeado una trampa con el caballo haciendo que los troyanos entraran a la ciudad de Troya el caballo de madera y sorprendieron a éstos sin defenderse.

El caballo de arena se sintió orgulloso de vivir esa historia. Al día siguiente Ulises lo montó y recorrió Troya lentamente.

Despertó riendo.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Encuentro de Noviembre


Lluvia

-          Hola don Ladislao.

-          Hola don Roberto. ¿Qué tal?.

-          Y…parece que va a llover…

-          Este tiempo tan caluroso …pero mis huesos me indican tormenta.

Roberto se sentó en la mecedora vacía y se abanicaba con una hoja grande. Estaban en el porche de la casa de Ladislao. Era de madera  pintada de verde, de una planta. Atrás había un huerto: lechuga, acelga, tomates y zanahorias crecían lentamente.

Miraban el cielo azul y con algunas nubes. No corria ni una gota de aire.

La esposa de Ladislao trajo una jarra de agua fresca con mucho hielo que ambos bebieron sorbo a sorbo de grandes vasos.

-          ¿Escuchó el pronóstico meteorológico de una gran tormenta por la tarde, don Ladislao?

-          Si, pero no me hace falta, mi cuerpo es mi pronostico.

-          Yo de muchacho soñaba que algún día llovería coca cola con papas fritas y helado de dulce leche

Ambos se rieron.

Miraron alrededor y conversaron sobre la cosecha, sus esposas, hijos y nietos. Sus antiguos empleos en la tienda y sobre lo acertado de retirarse al campo.

De pronto un viento les sacudió las mentes. Era oloroso como a azufre. Picante y fuerte.

Escucharon un rugido ensordecedor. Vieron una nave como un ovni pero más grande que aterrizaba sobre el campo seco.

Se abrió una compuerta y salió un “algo” de tres patas y dos brazos y una cabeza o eso creían porque estaba vestido con un traje espacial seguido por otros dos seres. La pantalla del casco que le cubria la cabeza era oscura se transparentó y vieron un rostro violeta con ojos amarillos que observaba el paisaje.

Se acercaban a Ladislao y a Roberto que boquiabiertos los miraban paralizados.

El primer ser se tocó la parte superior del casco y se escuchó una voz que decía:

-          Soy Ubiq, ellos son Tlor y Contl . Venimos del planeta que ustedes llaman Marte pero nosotros denominamos Goltyrl. ¿Ustedes son humanos, esto es el planeta Tierra?

Roberto tartamudeó mientras una llovizna tenue pero continua empezó a caer:

-          Eh…nosotros, nonosotros sosomos humm aannooss si hoommbres el se llallama Ladislao y yo me llamo Roberto

-          Bienbienvenidos – carraspeó Ladislao

-          Nosotros venimos en son de paz. Y queremos saber adonde estamos- Ubiq giro su cabeza hacia la nave y luego hacia la casa.

-          Estamos en Pigüe, provincia de Buenos Aires, Argentina. Tierra de vacas y masones-

-          Masones, hmm hombres constructores de edificios, de naciones y de ideologias, excelente. Tlor prepara nuestra vivienda, carpa para ustedes- dijo dirigiéndose a Roberto y Ladislao- estaremos aquí un largo tiempo.

Caminaron a la nave y comenzaron a extraer cosas. Armaron lo que se parecía a un iglú gigantesco. Mientras tanto Ladislao y Roberto conversaban entre ellos:

-          ¿Alguna vez creíste que esto te pasaría? Puta madre, casi me meo del cagaso. ¡Estamos haciendo historia!

-          Ladislao, estoy pensando, ¿Y si avisamos a algún diario o a la televisión? ¡Nos haríamos millonarios vendiendo la noticia a alguno de esos buitres periodistas!

-          Che, no seas asi! En esta vida hay cosas más importantes y trascendentales que el dinero. Podremos adquirir conocimientos- Se callaron porque Ubiq, Tlor y Contl venían nuevamente hacia ellos.

-          Demás está decirles que guarden nuestro aterrizaje en secreto. Podrian decir que esta carpa es un invernadero experimental agrícola. Nosotros trabajaremos mayormente de noche y algún dia quisiéramos intercambiar información sobre nuestros mundos. ¿Están dispuestos a hacerlo?

Ladislao y Roberto se miraron y sin hablarse pensaron lo mismo:

-          Si. Tenemos un trato - dijeron al unísono.

Desde ese momento entraban los seres a la casa de Ladislao y alguna vez entraban los humanos al iglú.

Aquel día, más que agua, llovieron extraterrestres.



                                             

                                                                




domingo, 2 de octubre de 2016






Misterio





Llegan a  la casa una noche helada después de pasar por el

         pueblo Mar de las Ostras, una señora mayor y un señor de mediana edad, que  serán huéspedes de “la casa del acantilado” como se la llamaba  antes de ser un hotel.

 El aire caliente del interior es animador después de la ventisca.

Una vez  con la llave de la habitación en mano, suben las escaleras. La señora dueña del hotel, Berta, los guía.

— ¿Tuvieron buen viaje? — les pregunta ella.

— Si, gracias. El trayecto en tren fue rápido. Lo molesto es el frío — responde el hombre.

La hotelera, delante de una habitación, dice:

— La calefacción es nueva. Es una casa  vieja remodelada,  agradable para el descanso. Ya van a ver ustedes lo que disfrutaran de su estancia — abrió la puerta, continuó: —Aquí dormirán, hay otra habitación al lado. Las comunica una puerta de paso…si no les molesta, claro—. Mueve las manos, balbucea la última palabra.

— Estará bien. Somos hermanos— dijo la señora.

La hotelera sonríe. Desliza la cortina y les hace admirar el paisaje  iluminado por la luna.

El hermano de la vieja  dirige sus ojos negros hacia ella y le dice:

— Mañana saldré. Le pediría que me despierte a las ocho-.

— Está bien — le responde ésta.  

La  señora  pone una maleta antigua de cuero  cerrada con una correa sobre la cama. El hermano la observa  y su boca se tuerce en una mueca de amargura.

 Hace con la mano un gesto de despedida a las mujeres y  luego se dirige con su equipaje hacia el otro cuarto. Desde la entrada de la habitación  es lo último que ve la hostelera.  Se despide con unas palabras corteses que no son oídas y cierra la puerta despacio.

Baja las escaleras, atraviesa el salón y entra en la cocina. Allí está el esposo que cena una porción de pollo con batatas, las manos que sostenían los cubiertos son callosas.

Ella tiene una idea. Se la comunica a él:

— Uno de los nuevos huéspedes, la señora, viaja con una  valija de la cual asoma en un descuido la mitad de un billete, debe estar llena de dinero…— comenta ella

Se produce un silencio. Él la mira y luego le dice:

— No puedes asegurar que toda la maleta esté sólo llena de billetes, también llevará otros elementos. Pero igual te escucho Berta,  ¿qué sugieres?—.

— Si sólo fueran billetes.¿Cómo tiene  una vieja tanto dinero, alguna herencia? Podríamos quitarle algunos…— susurra la mujer.

— Tal vez sea rica. Cálmate. Antes esperemos que nos pague su estadía. Invertimos mucho tiempo y dinero en los arreglos generales, no será todo inútil, al pedo. Recuerda que el crédito pedido al banco vence en dos años, por mes pagamos y devolvemos el dinero con intereses. Podremos resolverlo— dice él.

— Pero, es una posibilidad, Juan. Antes de estar sin un cobre. Ocurriría un accidente y el dinero sería nuestro— insiste ella.  Pincha con el tenedor una batata cortada.

— ¡Deliras! Te olvidas del hermano. Es el  hambre y la preocupación lo que  te provoca decir eso. Come que se enfría, te sentirás mejor. En los fines de semana y en las vacaciones vendrán muchos turistas, tendremos más huéspedes y ganaremos dinero— dice él.

— Ojala — dice ella, suspira y despacio termina su porción.



Al atardecer siguiente, la vieja sale a pasear a pie. Recorre las calles del lugar y se acerca hacia el borde del acantilado. Admira la hermosa vista. El sol naranja se oculta y alumbra  el mar revuelto en espuma. Nota el rumor de las olas al romper en las piedras  de la orilla y las gaviotas.

 De repente oye el motor de un auto, que acelera y se acerca hacia ella. El auto la atropella. Grita mientra cae metros abajo. Se hunde en el mar. Está muerta.

El auto dobla y desaparece del camino. Las gaviotas vuelan alto.

Otro auto se estaciona un momento. El conductor las contempla. Luego, el vehículo con un chirriar sigue su trayecto.

En la plaza principal del pueblo Juan se detiene antes de cruzar la calle y entrar en una tienda. Allí hay un señor calvo, afeitado, de panza tan redonda como su cabeza y manos blancas endurecidas. Al verlo entrar, pone la pipa en el cenicero sobre el mostrador:

— Buenas tardes, señor. ¿En qué puedo ayudarle?— dice.

— Buenas tardes. Necesito quince juegos de sábanas de una plaza, veinte manteles individuales y una docena de toallas chicas. Con mi esposa decidimos mejorar nuestro hotel —sonríe Juan.

El empleado retira de los estantes a su espalda y pila encima del mostrador los elementos pedidos, los mete en una bolsa y se la entrega.

— Listo. Acá está la cuenta, señor —le dice a  Juan cuando le entrega el ticket con el precio total.

— Gracias— contesta éste. Paga con dos billetes de cien pesos y sin esperar el cambio, sale.

       — ¡Eh, señor, su vuelto!-— exclama el empleado. Pero Juan estaba fuera.

De la trastienda se escuchan pasos rápidos y cortitos. Una mujer delgada y de cabellos grises rizados aparece y dice:

— ¡Ese era el del hotel, que seguro debe estar casi vacío! ¿Qué le dio por comprar cosas?¿Porqué sale él y no la mujer?¡Y se cree que  lo que compró  lo va a necesitar! ¿La vieja que el otro día entró a la panadería y preguntó si había  algún hotel alejado del pueblo, estará ahí? ¡Ay, no me siento bien, vos y tu pipa!¡No deberías fumar aquí dentro! Voy a dar una vuelta para refrescarme y de paso saludo a doña Inés. No tardo mucho, querido—.

 La curiosidad de la esposa suele  marearlo.

— Está bien, Hilda —responde él mientras piensa que en  los alrededores cualquier suceso es motivo de mucha repercusión, mientras agarra  la pipa y la enciende.  Sale a la vereda y fuma. El humo lo envuelve.

Doña Hilda encuentra a doña  Inés en la plaza  junto con  tantos otros y empiezan a hablar.

A Juan se lo ha visto en otros negocios.

—Me dijo don Pancho que pagó con un billete grande — dice doña Inés.

—En lo de Pepe también — comenta alguien.

— Tantos gastos juntos de repente. Y no se acordó de esperar el cambio-— dice doña Hilda.

— ¡Qué curioso!— exclama doña Inés.

Días después un señor alto de ojos negros  acrecienta la emoción, es el hermano de la vieja. Pregunta por todos lados si no hubo algún herido reciente en la zona. ¿Busca a la señora que llegó hace poco al hotel?, le dice doña Hilda. Las bocas apuradas le cuentan; así  se entera de los chismes que hay en el pueblo. Don Pancho le sugiere hablar con la policía local. Así lo hace y luego regresa al hotel preocupado.

En el camino piensa: “cuando volví  mi hermana  ya no estaba en el hotel y aún hoy tampoco está, entonces ¿dónde estará? Realmente no me interesa mucho. Fue siempre tan amarga y tacaña con su plata, poco bondadosa; aunque es raro que si se ha ido no  se haya llevado todo el dinero, porque en la maleta hay menos billetes. Debo saber qué es lo que ocurrió. Si no la encuentro el dinero será mío. ¿Qué me impresionó de todo lo que me dijeron? ¡Claro! Los hoteleros  tienen un crédito el cual deben pagar con intereses”.

El hotel esta silencioso. Encuentra a Berta en la cocina, que toma un té. Cuando lo ve, se le resbala la  taza que se rompe al caer contra el suelo. El té caliente le quema las piernas. Chilla. Al rato llega el esposo.  El hermano de la vieja observa los rasgos de ambos. Les pregunta si ella les había dicho algo y si  sabrían adónde podría encontrarla.

— También la buscamos. Tiene que abonarnos su estadía. Ignoramos adónde se halla ahora —contesta Juan pálido.

El hermano de la vieja le dice que le pagará al día siguiente, también comenta que había avisado a  la policía, que ésta investigaría y  que  también le recomendaron quedarse hasta tener novedades. Berta recuerda la expresión del hombre la noche de su llegada y siente lástima por él; sin reflexionar y por costumbre hotelera le sugiere que pasee por la orilla del mar. Éste murmura que lo haría quizá cuando hiciese menos frío. Luego regresa a su habitación, dónde llora.

Poco tiempo después en la playa de otra ciudad marítima Bahía Azul la policía  halla el cuerpo de la vieja. La corriente lo había arrastrado. Este hecho  genera una controversia entre los habitantes de la zona.

— ¿Ve doña Inés, las atrocidades que ocurren en estas épocas?— dice doña Inés.

— ¡Qué barbaridad! Espero que esa pobre mujer haya sufrido poco. Me pregunto cómo murió… —responde don Pancho.

— La forma en que murió esa señora tal vez nunca se resuelva. Quizás se tiró ella misma. Aunque supongo que alguien la mató en otro lado y luego la ahogó…pero quién fue, tal vez nunca se resuelva el misterio. Con ese billete de la maleta mostrándoselo a todo el mundo. Y el hotelero que gastó y pagó en esa forma, ni se acordará que le debe al banco. La policía  debe creer  que uno de nosotros fue el culpable, pero no tiene manera de probarlo.  Dense cuenta será horrible vivir con esa duda  —expresa doña Hilda.

-— ¡Doña Hilda! ¡No diga esas cosas, a veces el dinero no es lo más importante! Yo opino que ella misma decidió tirarse del acantilado —dice doña Inés  molesta al pensar que alguien pudiera considerarla capaz de realizar semejante crueldad.

-— Y el hermano  aún sigue aquí. Esperará conocer alguna muchacha bonita,  pobre —dice don Pancho.

— ¡No sea tan compasivo! Ese debería irse. Nada de pobre. ¡Tiene el dinero de la hermana! ¡Quién sabe si no fue él el que la mató! — murmura doña Hilda.

— Pero él pudo haberlo hecho en cualquier otro momento —dice don Pancho.

Murmuran. Predomina la opinión de doña Inés. Las sombras del atardecer en la plaza ocultan los rostros.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Encuentro de Septiembre



El cofre 

Salió de la oficina y al meter la mano en su bolsillo encontró una llave muy pequeña, que no le pertenecía. Llegó a su casa y vio, con sorpresa, sobre su cama un misterioso cofre dorado.
Se quedó de pie, inmóvil. Luego fue a la cocina a comer algo y tomó agua, fue al baño demorando el momento de enfrentarse al misterio.
Regresó a su habitación. Se decidió y abrió el cofre. Dentro había una esmeralda grande como la palma de su mano. La miró, observó la caja y descubrió que era de oro.
¿Cómo había llegado a su casa y a su bolsillo la llave? Vio una cata en el fondo. La leyó: “Querido Marcos: soy un duende y te regalo la esmeralda del arco iris para que la vendas y salves a tu familia secuestrada”.
Ahogó un grito. Las órdenes de los secuestradores eran que siguiera su rutina como siempre. No durmió en toda la noche. A la mañana siguiente fue a la joyería Centellas y verificó que la esmeralda era autentica y la vendió por cien mil dólares.
Cuando los secuestradores lo llamaron dijo que tenía el dinero y se los entregaría donde acordaran.
A la tarde llegó al parque y puso el dinero en el tacho de basura al lado de la estatua de San Martín.
Esperó un día en su casa. Le sobraban cincuenta mil dólares y el cofre que guardaría de recuerdo junto con la carta. Podría ir de vacaciones con su familia, quienes en ese momento sin que supiera él, estaban a la puerta. Golpearon. Abrió. Llorosos pero aliviados su esposa y sus hijos lo abrazaron.
Después de comer y tranquilizarse le mostró el cofre a su mujer y lo creyó porque lo tenía ante su vista. Al leer la carta  se asombró pero dijo que desde pequeña creía en los duendes y en las hadas.