Misterio
Llegan a la
casa una noche helada después de pasar por el
pueblo
Mar de las Ostras, una señora mayor y un señor de mediana edad, que serán huéspedes de “la casa del acantilado”
como se la llamaba antes de ser un
hotel.
El aire
caliente del interior es animador después de la ventisca.
Una vez con la llave
de la habitación en mano, suben las escaleras. La señora dueña del hotel,
Berta, los guía.
— ¿Tuvieron buen viaje? — les pregunta ella.
— Si, gracias. El trayecto en tren fue rápido. Lo
molesto es el frío — responde el hombre.
La hotelera, delante de una habitación, dice:
— La calefacción es nueva. Es una casa vieja remodelada, agradable para el descanso. Ya van a ver
ustedes lo que disfrutaran de su estancia — abrió la puerta, continuó: —Aquí
dormirán, hay otra habitación al lado. Las comunica una puerta de paso…si no les
molesta, claro—. Mueve las manos, balbucea la última palabra.
— Estará bien. Somos hermanos— dijo la señora.
La hotelera sonríe. Desliza la cortina y les hace
admirar el paisaje iluminado por la
luna.
El hermano de la vieja
dirige sus ojos negros hacia ella y le dice:
— Mañana saldré. Le pediría que me despierte a las
ocho-.
— Está bien — le responde ésta.
La señora pone una maleta antigua de cuero cerrada con una correa sobre la cama. El
hermano la observa y su boca se tuerce
en una mueca de amargura.
Hace con la
mano un gesto de despedida a las mujeres y
luego se dirige con su equipaje hacia el otro cuarto. Desde la entrada
de la habitación es lo último que ve la
hostelera. Se despide con unas palabras
corteses que no son oídas y cierra la puerta despacio.
Baja las escaleras, atraviesa el salón y entra en la
cocina. Allí está el esposo que cena una porción de pollo con batatas, las
manos que sostenían los cubiertos son callosas.
Ella tiene una idea. Se la comunica a él:
— Uno de los nuevos huéspedes, la señora, viaja con
una valija de la cual asoma en un
descuido la mitad de un billete, debe estar llena de dinero…— comenta ella
Se produce un silencio. Él la mira y luego le dice:
— No puedes asegurar que toda la maleta esté sólo
llena de billetes, también llevará otros elementos. Pero igual te escucho Berta, ¿qué sugieres?—.
— Si sólo fueran billetes.¿Cómo tiene una vieja tanto dinero, alguna herencia? Podríamos
quitarle algunos…— susurra la mujer.
— Tal vez sea rica. Cálmate. Antes esperemos que nos
pague su estadía. Invertimos mucho tiempo y dinero en los arreglos generales,
no será todo inútil, al pedo. Recuerda que el crédito pedido al banco vence en
dos años, por mes pagamos y devolvemos el dinero con intereses. Podremos
resolverlo— dice él.
— Pero, es una posibilidad, Juan. Antes de estar sin
un cobre. Ocurriría un accidente y el dinero sería nuestro— insiste ella. Pincha con el tenedor una batata cortada.
— ¡Deliras! Te olvidas del hermano. Es el hambre y la preocupación lo que te provoca decir eso. Come que se enfría, te sentirás
mejor. En los fines de semana y en las vacaciones vendrán muchos turistas,
tendremos más huéspedes y ganaremos dinero— dice él.
— Ojala — dice ella, suspira y despacio termina su
porción.
Al atardecer siguiente, la vieja sale a pasear a pie.
Recorre las calles del lugar y se acerca hacia el borde del acantilado. Admira
la hermosa vista. El sol naranja se oculta y alumbra el mar revuelto en espuma. Nota el rumor de
las olas al romper en las piedras de la
orilla y las gaviotas.
De repente oye el
motor de un auto, que acelera y se acerca hacia ella. El auto la atropella. Grita
mientra cae metros abajo. Se hunde en el mar. Está muerta.
El auto dobla y desaparece del camino. Las gaviotas
vuelan alto.
Otro auto se estaciona un momento. El conductor las
contempla. Luego, el vehículo con un chirriar sigue su trayecto.
En la plaza principal del pueblo Juan se detiene antes
de cruzar la calle y entrar en una tienda. Allí hay un señor calvo, afeitado, de
panza tan redonda como su cabeza y manos blancas endurecidas. Al verlo entrar,
pone la pipa en el cenicero sobre el mostrador:
— Buenas tardes, señor. ¿En qué puedo ayudarle?— dice.
— Buenas tardes. Necesito quince juegos de sábanas de
una plaza, veinte manteles individuales y una docena de toallas chicas. Con mi
esposa decidimos mejorar nuestro hotel —sonríe Juan.
El empleado retira de los estantes a su espalda y pila
encima del mostrador los elementos pedidos, los mete en una bolsa y se la
entrega.
— Listo. Acá está la cuenta, señor —le dice a Juan cuando le entrega el ticket con el
precio total.
— Gracias— contesta éste. Paga con dos billetes de
cien pesos y sin esperar el cambio, sale.
— ¡Eh, señor, su vuelto!-— exclama el
empleado. Pero Juan estaba fuera.
De la trastienda se escuchan pasos rápidos y cortitos.
Una mujer delgada y de cabellos grises rizados aparece y dice:
— ¡Ese era el del hotel, que seguro debe estar casi
vacío! ¿Qué le dio por comprar cosas?¿Porqué sale él y no la mujer?¡Y se cree
que lo que compró lo va a necesitar! ¿La vieja que el otro día
entró a la panadería y preguntó si había
algún hotel alejado del pueblo, estará ahí? ¡Ay, no me siento bien, vos
y tu pipa!¡No deberías fumar aquí dentro! Voy a dar una vuelta para refrescarme
y de paso saludo a doña Inés. No tardo mucho, querido—.
La curiosidad
de la esposa suele marearlo.
— Está bien, Hilda —responde él mientras piensa que en
los alrededores cualquier suceso es motivo
de mucha repercusión, mientras agarra la
pipa y la enciende. Sale a la vereda y
fuma. El humo lo envuelve.
Doña Hilda encuentra a doña Inés en la plaza junto con tantos otros y empiezan a hablar.
A Juan se lo ha visto en otros negocios.
—Me dijo don Pancho que pagó con un billete grande — dice
doña Inés.
—En lo de Pepe también — comenta alguien.
— Tantos gastos juntos de repente. Y no se acordó de
esperar el cambio-— dice doña Hilda.
— ¡Qué curioso!— exclama doña Inés.
Días después un señor alto de ojos negros acrecienta la emoción, es el hermano de la
vieja. Pregunta por todos lados si no hubo algún herido reciente en la zona. ¿Busca
a la señora que llegó hace poco al hotel?, le dice doña Hilda. Las bocas
apuradas le cuentan; así se entera de
los chismes que hay en el pueblo. Don Pancho le sugiere hablar con la policía
local. Así lo hace y luego regresa al hotel preocupado.
En el camino piensa: “cuando volví mi hermana
ya no estaba en el hotel y aún hoy tampoco está, entonces ¿dónde estará?
Realmente no me interesa mucho. Fue siempre tan amarga y tacaña con su plata,
poco bondadosa; aunque es raro que si se ha ido no se haya llevado todo el dinero, porque en la
maleta hay menos billetes. Debo saber qué es lo que ocurrió. Si no la encuentro
el dinero será mío. ¿Qué me impresionó de todo lo que me dijeron? ¡Claro! Los
hoteleros tienen un crédito el cual
deben pagar con intereses”.
El hotel esta silencioso. Encuentra a Berta en la
cocina, que toma un té. Cuando lo ve, se le resbala la taza que se rompe al caer contra el suelo. El
té caliente le quema las piernas. Chilla. Al rato llega el esposo. El hermano de la vieja observa los rasgos de ambos.
Les pregunta si ella les había dicho algo y si
sabrían adónde podría encontrarla.
— También la buscamos. Tiene que abonarnos su estadía.
Ignoramos adónde se halla ahora —contesta Juan pálido.
El hermano de la vieja le dice que le pagará al día
siguiente, también comenta que había avisado a
la policía, que ésta investigaría y
que también le recomendaron
quedarse hasta tener novedades. Berta recuerda la expresión del hombre la noche
de su llegada y siente lástima por él; sin reflexionar y por costumbre hotelera
le sugiere que pasee por la orilla del mar. Éste murmura que lo haría quizá
cuando hiciese menos frío. Luego regresa a su habitación, dónde llora.
Poco tiempo después en la playa de otra ciudad
marítima Bahía Azul la policía halla el
cuerpo de la vieja. La corriente lo había arrastrado. Este hecho genera una controversia entre los habitantes
de la zona.
— ¿Ve doña Inés, las atrocidades que ocurren en estas
épocas?— dice doña Inés.
— ¡Qué barbaridad! Espero que esa pobre mujer haya
sufrido poco. Me pregunto cómo murió… —responde don Pancho.
— La forma en que murió esa señora tal vez nunca se
resuelva. Quizás se tiró ella misma. Aunque supongo que alguien la mató en otro
lado y luego la ahogó…pero quién fue, tal vez nunca se resuelva el misterio.
Con ese billete de la maleta mostrándoselo a todo el mundo. Y el hotelero que
gastó y pagó en esa forma, ni se acordará que le debe al banco. La policía debe creer
que uno de nosotros fue el culpable, pero no tiene manera de probarlo. Dense cuenta será horrible vivir con esa duda
—expresa doña Hilda.
-— ¡Doña Hilda! ¡No diga esas cosas, a veces el dinero
no es lo más importante! Yo opino que ella misma decidió tirarse del acantilado
—dice doña Inés molesta al pensar que
alguien pudiera considerarla capaz de realizar semejante crueldad.
-— Y el hermano aún sigue aquí. Esperará conocer alguna
muchacha bonita, pobre —dice don Pancho.
— ¡No sea tan compasivo! Ese debería irse. Nada de
pobre. ¡Tiene el dinero de la hermana! ¡Quién sabe si no fue él el que la mató!
— murmura doña Hilda.
— Pero él pudo haberlo hecho en cualquier otro momento
—dice don Pancho.
Murmuran. Predomina la opinión de doña Inés. Las
sombras del atardecer en la plaza ocultan los rostros.